Crisis económica

Catorce cerebros perplejos

José García Domínguez

Ocurrió muy discretamente entre el viernes y el domingo pasado. Catorce premios Nobel, catorce, encerrados durante tres días en la pequeña isla de Mainau, en el lago Constanza. Catorce. Desde John Forbes Nash, aquella mente prodigiosa que llevó a las pantallas del cine Ron Howard, hasta Robert Mundell, el padre biológico del euro; desde Stiglitz, el enfant terrible del establishment antiglobalización, hasta el viejo Solow, legendario gurú del Instituto Tecnológico de Massachussets; desde Roger Myerson, albacea del difunto Friedman en la incubadora doctrinal de los Chicago Boys, hasta Myron Scholes, fundador de aquel célebre fondo basura, el Long Term Capital Management, el mismo que estuvo a punto de llevarse por delante el sistema financiero mundial en 1998 durante la crisis de la deuda rusa.

Y así, hasta catorce. Catorce de los cráneos más privilegiados que ha conseguido atraer la ciencia lúgubre a lo largo de toda su historia, reunidos en deslumbrante sínodo con tal de analizar la crisis subprime. Y apenas una única, amén de unánime, conclusión final: esos caballeros manifiestan no albergar ni la más remota idea de cómo ni cuándo finalizará la tormenta; ni tampoco, huelga decirlo, se les ocurre receta práctica alguna a fin de ahuyentarla. Ni una sola idea. Ni una sola recomendación. Nada de nada.

O sea, que volvemos al principio. Porque la Economía lograría conquistar la atalaya de las ciencia respetables y, por tanto, tomar distancia del resto de las disciplinas sociales, siempre al albur de sofistas, retóricos y charlatanes, cuando adoptó el instrumental matemático de la Física del siglo diecinueve con tal de construir sus modelos explicativos. Después, ya a mediados del veinte, el impresionante refinamiento formal de las técnicas econométricas la consolidaría entre la aristocracia del saber. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, a la joya de la corona de las ciencias sociales empieza a ocurrirle lo de aquel papa renacentista que espetó a un atónito cardenal de la Curia: "¿Usted cree o está en la idea?".

Y es que ya hace décadas que ninguna de las tendencias importantes que surgen en la realidad se compadece con lo que la teoría prescribe. Al tiempo, mientras los guardianes universitarios del paradigma canónico continúan "en la idea", su patrón metodológico, la Física se adentra en el estudio de los sistemas caóticos; viaje iniciático para el que recurre al auxilio de las matemáticas de la complejidad, herramienta imprescindible para entender esos fenómenos que son tan endiabladamente difíciles de aprehender, los que están regidos por factores aparentemente marginales y que se parecen tanto al territorio del nómada por el que viaja la desconcertante economía posnacional de este inicio de siglo.

En fin, tranquilos, que esto lo arregla Sebastián con lo de las bombillas.

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