Cataluña, una democracia iliberal

José García Domínguez

Otra vez, y va la enésima, una agresión violenta de jóvenes educados en la cultura del catalanismo, también otra vez y también la enésima en un campus universitario, contra otros jóvenes educados en la misma devoción oficial, si bien disidentes. Huelga decir que las autoridades, empezando por las académicas, han mostrado de nuevo su íntima complacencia con el proceder de los atacantes por la vía siempre habitual en estos casos: el silencio administrativo. Un silencio que la prensa doméstica, prietas las filas e impasible el ademán, se ha apresurado, obedeciendo la norma consuetudinaria local, a seguir al disciplinado modo. Resumiendo, lo de siempre.

Para entender el muy particular orden intimidatorio, algo ya institucionalizado, que de facto se ha acabado instaurado en ese territorio, hablar de fascismo resulta tan exagerado como poco útil a fin de describir lo que allí ocurre. Y es que en Cataluña no se puede negar que perviva un sistema político democrático. Así, los separatistas gobiernan, y de modo legítimo, porque una mayoría de los electores, aunque muy escuálida, les otorgó su confianza en las urnas. Hasta ahí, nada que objetar. Sin embargo, ese hecho incuestionable, que el sufragio universal resulte ser la única palanca que facilita la alternancia en el poder, no significa que ese territorio se pueda definir hoy como una democracia liberal homologable a las del resto del continente europeo.

Y es que la democracia liberal, la única que realmente existe, se asienta no sólo en el principio del derecho efectivo al sufragio, sino, y sobre todo, en el insoslayable respeto a la desafección, ya sea individual o colectiva, frente al corpus ideológico propio del poder establecido. Respeto por completo ausente en Cataluña. Y no sólo por parte de unos niños, los de la CUP y los de las juventudes de los otros dos, que van a jugar a los escamots a la hora del patio en la universidad. Ese desprecio forma parte hoy del núcleo doctrinal del movimiento catalanista todo. Es una bilis ecuménica que emana del mismo presidente de la Generalitat y que desciende como la lava hasta el último alborotador callejero de la ANC o de los CDR. El fascismo murió en 1945. La democracia iliberal, en cambio, solo acaba de nacer. Y Cataluña es su cuna.

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