Bandera independentista

Cataluña es Cataluña

José García Domínguez
Al grito de "adscrito a una opción sexual alternativa el último", Maragall y Carod echan a correr cada vez que otean una senyera separatista en el horizonte, ya sea en Manchuria o en Martorell, en Manresa o en Macao, que tanto les da. Y es que desde la llegada del tripartito al poder, el Día de la Banderita se celebra en Cataluña las 365 jornadas del año. Esa es su atlética manera de conmemorar los veinticinco años de la mayor autonomía política que jamás hubiese gozado la región.
 
Aunque la chirigota viene de más lejos. De hecho, el problema del encaje de los nacionalistas en la realidad comenzó en 1898, cuando uno de ellos tuvo la ocurrencia de recortar la estrella solitaria del estandarte cubano y pegarla en el viejo pendón de Aragón. Se agravó después, en 1934, cuando aquel pobre hombre que respondía por Lluís Companys gritó: "Ahora ya no podréis decir que yo no soy catalanista". Con tal de que no oír más tamaño oprobio, no se le ocurrió nada mejor que proclamar el Estat Català y emplear los micrófonos de la SER en Barcelona para llamar a un golpe de estado contra la República. Y continúa hoy la broma con la doctrina Miljan Miljanic ("Fútbol es fútbol") que ha abrazado Maragall. "Cataluña es Cataluña", respondió en Macao el máximo representante del Estado en esa Comunidad a un periodista chino interesado en saber si Cataluña forma parte de España. No miente el president: Cataluña es Cataluña, igual que el fútbol es fútbol, Miljanic es Miljanic, y Yugoslavia, un erial sembrado de cadáveres insepultos gracias a la imbecilidad nacionalista.
 
Incluso el PSC es el PSC. Tanto, que ha decidido incorporar la bandera independentista, con estrellita y todo, al logotipo oficial de su organización juvenil, la JSC, ese refugio del fracaso escolar local. Por ser, hasta Zapatero es ZP. Aunque únicamente lo sea –conviene no olvidarlo nunca– gracias a los "despojos humanos" de Bono y a los alegres muchachos de ese PSC que se proclama legítimo heredero de Companys. En realidad, todo el mundo es todo el mundo. Menos Maragall, que está decidido transmutarse en Forrest Gump y a encabezar la maratón hacia el precipicio, cada vez que aparezca una estelada en el encuadre de la foto.
 
Por si todas esas autosemejanzas fueran pocas, resulta que la Historia también es la Historia. Y tal como advirtiera Marx, siempre se repite a modo de farsa. Así, Companys, un inane acomplejado por su insuficiente pedigrí nacionalista, acabaría convertido en patético títere de su consejero de Gobernación, el iluminado Dencàs. De forma análoga, Pasqual Gump padece idéntica afección emocional que su predecesor (ese trastorno es hereditario en la familia), y pugna por desbordar en radicalidad identitaria al vástago del picoleto maño. Ora en Manchuria y Martorell, ora en Manresa y Macao, que tanto le da. El renovado tinglado de la antigua farsa está servido, pues. Ahora, nada más queda averiguar si sólo piensan exhibir los palos de hockey cuando se levante el telón del último acto.
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