Catalanistas contra la democracia

José García Domínguez

Es fama que el buen rey Felipe V premió la lealtad de los muchos catalanes que lucharon bravamente para defender la causa borbónica frente al pretendiente austracista dotando a la villa de Cervera, cuyos habitantes se significaron en aquel combate, con la fundación de una universidad autóctona, la única que existiría en la demarcación hasta bien entrada era contemporánea. Y no menos célebre resulta el lema que los intelectuales locales encargados de ponerla en marcha eligieron a fin de ilustrar el espíritu de la nueva institución: “Lejos, muy lejos de nosotros la funesta manía de pensar”. Porque el desencuentro entre la Cataluña con mando en plaza y la funesta manía de pensar, o la de dejar que otros lo hagan por su cuenta, ya viene de muy antiguo, que no es cosa de ahora. Así, la Universidad de Barcelona, legítima heredera del espíritu cerril que animó a sus ancestros, acaba de ser condenada en sede judicial por reprimir la funesta manía de discrepar del pensamiento nacional único que caracteriza a, más o menos, la mitad de los habitantes del País Petit, incluidos alumnos, profesores y personal no docente de esa misma institución.

Y es que a los cargos académicos catalanistas, tropa de entendederas tan militantes como limitadas, les cuesta horrores comprender un principio básico de cualquier sociedad mínimamente civilizada, ese que ordena la neutralidad política de las instituciones públicas. Ocurre que al ilustrísimo señor rector de la Universidad de Barcelona tiene que ser un tribunal de justicia el que le explique cuáles resultan ser las diferencias, digamos ontológicas, entre un comando de los CDR, de esos que se dedican a quemar contenedores de basura, y el claustro de la institución pública que dirige. Cuando tales cosas no solo ocurren en un territorio sino que forman parte de la más estricta normalidad cotidiana, es que en ese muy preciso territorio la democracia vive en precario. Institucionalizar la intolerancia frente al disenso, el pan nuestro de cada día en las cuatro provincias de la demarcación, es una rutina institucional ajena al campo de lo aceptable en cualquier otro rincón de Europa, acaso excepción hecha de algunos reductos especialmente agrestes del País Vasco. Así las cosas, la pregunta pertinente no es cuándo llegará la independencia, sino cuándo llegará, por fin, la democracia liberal a ese triste rincón del Mediterráneo. Si es que alguna vez llega.

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