Carta lacrada a Pablo Iglesias (1)

José García Domínguez

Caro Pablo:

Como bien sabes, el nacionalismo catalán, ese mismo ante cuya insistente demanda de quebrar nuestro orden legal tan complaciente acostumbras a mostraste por norma, considera que la lengua vernácula constituye la manifestación más honda, genuina y sublime de eso que ellos llaman el "espíritu nacional". Pues para un nacionalista la lengua lo es todo. Pero del mismo modo que detrás de toda fortuna, a decir de Victor Hugo, siempre hay un crimen, en la trastienda de los grandes relatos nacionales, y como tú también sabes de sobra, yace oculta una falsificación clandestina de la Historia. A ese respecto, el relato nacional catalán no constituye excepción alguna a la norma general: también él se sustenta sobre una mentira compartida. Una mentira, la suya particular, que dada su específica fijación filológica tiende a ensañarse con especial celo con la peripecia biográfica de la lengua. El apellido de un diputado muy próximo a ti, el de tu correligionario Domenèch, acaso nos podría servir para ilustrarlo. Supongo que creerás, tal como yo mismo supuse durante tantos años, que Domenèch es la forma catalana de Domingo. Pero resulta que no lo es. Creo que te sorprenderá saber que la voz Domingo es tan catalana como Domenèch, ni más ni menos. Aunque te parezca extraño, y sé que te lo parecerá, en los registros parroquiales catalanes del siglo XIV, o sea más de trescientos años antes de que Felipe V firmara de su puño y letra los Decretos de Nueva Planta, ya aparecían montones de recién nacidos bautizados con ese nombre, Domingo.

Es más, en los seis siglos siguientes, es decir el intervalo que que va desde el descubrimiento de América por Cristobal Colón hasta el nombramiento de Jordi Pujol i Soley como segundo presidente de la Generalitat restaurada, nacieron montones y montones de catalanes a los que sus padres, también catalanes, pusieron Domingo por nombre de pila. Hay Domingos a patadas en el XV, en el XVI, en el XVII, en el XVIII, en el XIX y en los dos primeros tercios del XX. A lo largo de seiscientos años consecutivos, pues, los Domingos y los Domenèch convivieron dentro de Cataluña en plácida y pacífica armonía. Si tuvieras interés por profundizar en el asunto, el catedrático de Liverpool Joan-Lluís Marfany ha realizado investigaciones académicas exhaustivas sobre el particular. Pero si consultas a un filólogo local te dirá que durante esos seis siglos los catalanes se equivocaron, ya que Domingo ni es ni nunca podrá ser un nombre catalán. Y no lo es ni lo podrá ser solo porque lo dicen ellos, pese a que seiscientos años ininterrumpidos de Domingos autóctonos se empeñen inútilmente en llevarles la contraria. Así las cosas, allá a finales del siglo XX los policías de la lengua decidieron que no podía seguir habiendo bajo ningún concepto más Domingos catalanes. Dicho y hecho. Los normalizadores, al modo de los escribanos del Ministerio de la Verdad del 1984 de Orwell, se dedican desde entonces a expurgar cualquier documento histórico que caiga en sus manos en el que aparezca algún Domingo. En cuanto descubren alguno, al punto lo borran para colocar un Domenèch en su lugar. Y no pienses, Pablo, que esto que hoy te cuento es una anécdota baladí. Bien al contrario, no es más que la punta del iceberg moral bajo el que mora la falsificación sistemática del pasado catalán a manos de los nacionalistas. Esa misma que tantos castellanos bienintencionados os habéis terminado creyendo. Pero tiempo habrá para que sigamos desenredando juntos la madeja del mito de la lengua en próximas cartas.

Tuyo afectísimo,

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