Juez juzgado

Canonizando a Garzón

José García Domínguez

Esta derecha nuestra, tan lúcida ella, anda a punto de convertir a otro arribista del tres al cuatro en la reencarnación de Bertand Russell pasado por Nelson Mandela y con unas gotitas de Rosa Luxemburgo. Pero a quien en verdad se parece Garzón –y mucho– es al Pijoaparte de Ultimas tardes con Teresa. Aquel trepa armado de audacia arrabalera que deslumbraba a las niñas de la buena sociedad con su equívoco posado irredento. Así, donde no había más que un randa tratando de medrar, las teresas y teresitas veían al gran héroe proletario, el Capitán Trueno de sus sueños más húmedos. E igual que su alter ego, también Garzón ha sabido mercadear durante años con la fantasía de las almas cándidas. Tanto con las del país como con las de importación, siempre ahítas de la España de charanga fascista y pandereta revolucionaria que le han leído a Hemingway.

Mercadeó en su día y seguirá mercadeando, nadie lo dude. Al cabo, su solemne proceso de canonización laica apenas acaba de empezar. Lástima de lecturas (de su clamorosa ausencia, huelga decir). Porque las vidas ejemplares del más fino jurista nazi y el más torpe juez instructor celtíbero asimismo transcurren en inquietante paralelo moral. Al modo de lo que le ocurría a Garzón con Mister X, es sabido que Carl Schmitt despreciaba a su futuro amo y señor, el cabo Hitler. Muy viva repugnancia que, una vez los nazis en el poder, no le impediría convertirse en el supremo apóstol jurídico del Tercer Reich.

Y ello, pese a que al Führer nunca se le pasó por la cabeza colocar a su leguleyo de cámara en el número dos en la lista del partido por Berlín. Con el tiempo, aquella pandilla de matarifes se desharía de él, y de mala manera. Otra fatal analogía con Garzón. Aunque lo que los convierte en almas gemelas es una frase, la frase. Ésa de la sentencia del Supremo que reza: "La verdad no puede alcanzarse a cualquier precio". Schmitt, el felpudo doctrinal del nacional-socialismo,  ha pasado a la historia universal de la infamia por postular justo lo contrario. "Las reglas legales no deben ser obstáculo para el castigo", garrapateó en su momento el mentor intelectual del nuevo San Baltasar. Y la derecha, fabricando un mártir.

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