Cañones y mantequilla

José García Domínguez

Acaso sólo haya un gran sentimiento compartido por el grueso de los españoles equiparable en ardor e intensidad al que hoy expresan de mil maneras en apoyo del pueblo ucraniano, a saber: su firme, decidida, pétrea determinación de evitar a toda costa, pase lo que pase, que el presupuesto militar se vea incrementado en un solo céntimo de euro. En eso, ahora y siempre, el consenso nacional resulta total, absoluto. Al punto de que casi nadie semeja percibir la flagrante contradicción entre el repudio indignado a las violaciones armadas de la soberanía nacional de un país y ese militante pacifismo adolescente que, tanto a diestra como a siniestra, retrata aquí a la mayoría, igual la silenciosa que la gritona.

Se podría argumentar que esa esquizofrenia sentimental constituye un fenómeno europeo, no sólo español. Y aunque algo de eso hay, aquí, en casa, adquiere una dimensión extrema que alcanza hasta las líneas mismas de lo grotesco. Así, y tanto nuestros anti OTAN como nuestros anti Putin, en lo único que parecen estar de acuerdo es en esa cándida fe del carbonero posmoderno que todo lo confía a las formas blandas e indoloras de la coerción económica. Estos, los nuestros, a Hitler lo habrían combatido con un durísimo arancel contra las marcas de cerveza bávaras. Cualquier cosa, ya se sabe, menos apelar al primitivo argumento de la fuerza frente a la fuerza. Es el infantilismo de pretender la creación de un orden democrático a lo largo del planeta que se sustente de modo exclusivo en la magia poética de las bellas palabras que apelan a la fraternidad universal.

Aquí, las matanzas de Ucrania se combaten con emoticonos de vistosos colorines en Twitter. Aquí, es sabido, todo el mundo anda horrorizado con esa carnicería cotidiana a un par de horas en avión, pero explíquele usted a ese mismo todo el mundo que la Federación Rusa asigna anualmente el 5% de su PIB al Ejército, mientras que nosotros, los españoles, apenas destinamos, y entre masivas y rutinarias protestas por lo excesivo del dispendio, un raquítico 1,40 %. Tan manida, la célebre disyuntiva entre cañones y mantequilla oculta el hecho histórico mil veces constatado de que sin cañones tampoco acaba habiendo mantequilla. Porque, más pronto o más tarde, te la arrebatará otro. Pero es que Adán era español.

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