Supremo

Camps tiene que irse

José García Domínguez

Allá a principios de los setenta protagonizó Serrat una película atroz, como todas las suyas, pero de título sugerente. La lenta agonía de los peces fuera del agua, le pusieron a la cosa. Y si ahora lo recuerdo debe ser porque lo de Camps, más que a escándalo, llama a alguna compasión. Ese hombre con su risa impostada, su euforia ficticia y sus verbosidades a cada paso más extravagantes comienza a despertar piedad, al modo de las truchas cuando dan sus últimas bocanadas ya presas en la cesta del pescador. Alguna vez pusimos aquí que no pasará a la Historia de España por haber sido el político más disoluto, pero tampoco por revelarse el de superiores luces. Y es que, en el fondo –y en la forma–, su genuino talón de Aquiles no fue jurídico sino estético.

A fin de cuentas aquella horterada en apariencia venial, la de los trajes de Milano, pudiera antojarse lo de menos. Por cuatro trapos cayó en su día Pilar Miró, dama digna de todo respeto, ante la manada de lobos de Alfonso Guerra, entonces aposentado en el sillón de Gran Inquisidor. Igual que por un simple reloj de pulsera defenestrarían aquel par de licántropos, Prieto y Azaña, al ingenuo de Lerroux. Lo de más, sin embargo, es que ese don Francisco de la triste estampa se nos haya revelado incapaz de elegir a sus amiguitos del alma con algún tino, el inexcusable con tal de no comprometer a la institución que aún preside y al partido donde todavía milita.

En política, como advirtió Fouché, los errores a veces resultan mucho peores que los crímenes. De ahí que la torpeza fatal de Camps, ésa de las malas compañías, no pueda orillarse ahora bajo el muy manido recurso al "y tú más". La vía de salida del zapaterismo exigirá recuperar la razón cartesiana, eclipsada hoy por ese sentimentalismo infantil del optimista antropológico. Pero impondrá también –y sobre todo– reconstruir el valor moral de la palabra dada, un principio no menos demolido a lo largo de estos últimos años. Así, nunca antes la mentira flagrante –"Yo me pago mis trajes"– fue causa de la súbita felicidad de nadie. Y malo sería que novedad tan insólita cupiese en el proyecto regeneracionista del PP.

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