Sinde

Belén Esteban

José García Domínguez

La ministra Sinde, de Cultura o así, acaba de proclamar su rendida admiración por una señora Belén Esteban, ciudadana de verbo abrupto, oficio ignoto, méritos desconocidos, nariz improbable y estado civil no menos incierto. Según me cuentan, esa Belén Esteban goza de pública celebridad merced a algún coito esporádico con cierto torero, además de por mercadear con su íntimo proceder en platós innúmeros de televisión. Al tiempo, Pedro Zerolo, otro decidido entusiasta del modelo de conducta que encarna la dicha Belén, no ha dudado en bautizarla "madre coraje". Por lo visto, a Zerolo, igual que a la abogada de las humanidades y la ilustración en el Consejo de Ministros, vivir del cuento en alegre comunión con notorias cervantas, alcahuetas, barraganas y colipoterras, le semeja asunto de grande mérito, una hazaña ética digna de reconocimiento, estima y aplauso institucional.

Será que Esteban simboliza la definitiva democratización del glamour; el final metafórico de la lucha de clases con el asalto del pueblo llano, de las masas que se decía cuando entonces, al papel couché, esa última trinchera, la del exhibicionismo social, que aún no habían rendido las viejas elites en retirada. De ahí, quizá, la ecuménica fascinación que despierta el personaje tanto dentro como fuera de Ferraz. Aunque también representa algo más esa Esteban, a saber, la irreversible fractura del canon cultural que, generación tras generación, se había encargado de mantener en pie la escuela. Así, de modo parejo a Sinde y el propio Zerolo, la tal Belén ilustra con su vida y milagros que el éxito nada debe al trabajo ni al esfuerzo personal. 

Al cabo, trátase de un icono laico, por encima de cualquier consideración, popular, el único, exclusivo, supremo e incontestable valor en la era del pospensamiento. La audiencia, tan soberana como sagrada, la celebra con alborozo. Nada cabe rechistar, pues. Y es que se acabaron los tiempos en que las minorías más o menos selectas –también las políticas– pugnaban por elevar a la muchedumbre. Ahora, procede obrar justo al revés: hay que bajar de grado al subsuelo do moran la ministra, Belén y Zerolo para no correr el riesgo de ser acusado de excluyente o reaccionario. En fin, ándese con cuidado Sinde: a su sillón le acaba de salir otra novia.      

A continuación