Proceso de rendición

Bay, bay Nafarroa

José García Domínguez

Curioso purista del sufragio universal nos ha salido el tal Puras, exigiendo la Presidencia de Navarra para la fuerza menos votada por los navarros. Pues, salvo que algún humorista pretenda afrentar la memoria de Nebrija tildando de "fuerza" al par de kleenex que aportará Izquierda Hundida al "proceso", el PSOE ya es el último de la fila en Pamplona. Y, sin embargo, tan inasequible al desaliento como al sentido común, resulta que ese Puras se nos ha despertado un barojiano furibundo. "O César o nada", pontifica desde ayer a quien gaste la santa paciencia de escucharle. Empecinamiento presidencial que, descartada la enajenación mental transitoria, sólo puede obedecer a dos razones lógicas. A saber. O un renacido Puras aprovechó la jornada de reflexión para leer la Biblia y tomarse al pie de la letra el precepto de que los últimos serán los primeros. O, segunda alternativa, el sábado entretuvo su ocio memorizando la Ley Orgánica de Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra.

Ejercicio este último que, por cierto, hubiese servido a los editorialistas de la prensa de Madrid para no aventurar tan alegremente que Zapatero dejará gobernar en precario a UPN hasta que pasen las elecciones generales. Y es que en la amejorada letra pequeña del Fuero se esconde la única pieza que le falta a La Moncloa para completar el puzzle de la rendición. Así, quien se asome a leerla descubrirá que es el presidente de Navarra, bajo su personal y exclusiva responsabilidad, el único legitimado para acordar la disolución del Parlamento y convocar nuevas elecciones antes del término natural de la legislatura. Una prerrogativa que apenas se ve limitada por tres condicionantes externos: que reste menos de un año para el cierre del periodo de sesiones, que se encuentre en trámite una moción de censura, o que el momento elegido coincida con la convocatoria de un proceso electoral estatal.

Sucede, oh casualidad, que nada más controlando la Presidencia resultaría útil al mercadeo mil veces desmentido de su señor, el Príncipe de la Paz. He ahí el diagnóstico clínico al aparente puro delirio de Puras. Al cabo, tanto Zapatero como la ETA son sabedores de que a la fruta de la Ribera aún le falta un puntito de madurez para caer en el cesto de la Gran Euskadi. De ahí que ninguna de las partes contratantes –ni Josu Ternera ni ZP ni Nafarroa Bay, Bay– pueda tolerar hoy el riesgo de una convocatoria electoral incontrolada que devolviera la mayoría absoluta a UPN, anulando el convenio de gananciales solemnemente rubricado en la notaría de la T-4.

Vaya, que el tal Puras no está tan loco como parece. Él no.

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