Barcelona

José García Domínguez

Hace un año y pico, cuando decidí marcharme de Barcelona e ir a vivir a un pueblo de la otra punta de España, solía cruzarme a diario con un indigente que llevaba meses durmiendo en un colchón cochambroso que él mismo había instalado en pleno Paseo de San Juan, una de las arterias más turísticas y transitadas de la ciudad, muy cerca del Arco del Triunfo. Era un hombre joven, de nacionalidad incierta y en apariencia apto para el trabajo, que mataba las horas del día observando abúlico a los viandantes.

El colchón y su ocioso inquilino tenían como vecino un supermercado en cuya entrada había colgado un gran cartel, redactado en inglés y castellano, donde se advertía a los posibles clientes de que estaba prohibido acceder al establecimiento con el torso desnudo o en bañador. La semana pasada volví a dejarme caer por Barcelona con la excusa de visitar a los amigos y al médico. Y tanto el tipo como su colchón, amén del cartel, seguían allí, los tres exactamente en el mismo lugar donde yo los había dejado un año atrás. No se habían movido ni un milímetro durante mi ausencia. La decadencia de Barcelona es algo que se palpa con solo salir a la calle. Pero no toda la culpa es de Colau.

A fin de cuentas, la gran apuesta estratégica de convertir esa ciudad que había sido la fábrica de España en una especie de Lloret de Mar multiplicado por mil, el apostar todas las cartas de su destino histórico al turismo barato de masas, no fue decisión suya. Gracias a su novísimo monocultivo turístico de gama baja, Barcelona atrae ahora a inmigrantes poco o nada cualificados del mundo entero. Inmigrantes extranjeros que ya suponen el 30% del padrón municipal. Y creciendo. Mientras tanto, la clase media local, el tradicional motor económico de la ciudad, no para de encogerse. Si en 2007 todavía agrupaba al 59% de la población, en este preciso instante apenas reúne al 44%. El médico me ha pedido que vuelva a su consulta en febrero. Y volveré, claro. Por lo demás, solo estoy seguro de una cosa, a saber: que el tipo, su colchón y el cartel seguirán allí a mi retorno.

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