Rajoy

Bailando con lobos

José García Domínguez

Entre plasma (pantallas de), siesta y resopón, el presunto líder de la presunta oposición acaba de interrumpir su reglamentario silencio administrativo de agosto con tal de hacerles saber a los separatistas de la gaita de folo que él viene siendo lo mismito que su alter ego, Zapatero, el solemne de la Nación discutida y discutible. 

Y es que le urgía a don Mariano que esos gárrulos inquisidores gramáticos, los que han hecho de la persecución a los castellanoparlantes el único leitmotiv de su acción de “Gobierno”, acusaran recibo de la buena nueva. Resulta que el estadista ansía “hablar” con ellos para convencerlos de que podrían continuar tranquiliñamente con el progrom lingüístico, eso sí, cómodamente sentados en su paternal regazo. “Cosas veredes, amigo Sancho…”.

Porque si lo de Quintana y sus talibanes agropop de la UPG resulta ser un híbrido entre Stalin, Mao y las peores astracanadas palurdas de Xan das Bolas, lo de Rajoy no le anda a la zaga. Ni conservadurismo, ni liberalismo, ni democracia cristiana, ni centrismo, ni niño muerto. Ni Hayek, ni Von Mises, ni Donoso Cortés, ni Menéndez Pelayo, ni siquiera don Tancredo. No, lo de este hombre es el Príncipe Salina, de Lampedusa: “Que todo cambie para que todo siga igual”… y a vivir, que son dos días y la mitad llueve. 

En fin, se ve que don Mariano andaba muy preocupado, pensando que esos alcornoques del Bloque se habían tomado en serio sus mascaradas jacobinas para la galería. Empezando por la recogida de los cuatro millones de firmas contra la realidad nacional catalana –y a favor, naturalmente, de la nada ficticia evidencia nacional andalusí–; continuando por la rúbrica del Manifiesto; y terminando por el compromiso de promover una ley en defensa de los siervos de la gleba morfosintáctica atrapados en los feudos nacionalistas, como ése galaico que administra su oscuro objeto de deseo.

Como si aquel chisgarabís que respondía por Dani Sirera, ansioso por agradar a su señor y conservar, ¡ay!, el carguito recién trincado, no se hubiera arrodillado ante La Vanguardia reclamando allí del Tribunal Constitucional una sentencia “interpretativa” que no tocase ni una coma del Estatut. Como si su muy digital sustituta, la lenguaraz y atolondrada Alicia Sánchez Camacho, no hubiera alardeado de repudiar la defensa del castellano en la misma gaceta, propiedad del mismo Grande de España. Como si la campaña de acoso y derribo moral contra María San Gil, orquestada en el corazón mismo de Génova 13, concediera un solo día sin infamia… Como si a estas alturas del partido, no nos empezáramos a conocernos todos.    

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