Aznar no es el Cid Campeador

José García Domínguez

Decía Ortega que el intervalo cronológico que abarca una generación es exactamente de quince años. O sea, justo dos menos de los transcurridos desde que, mediada la novena década del siglo pasado, José María Aznar López accediera a la Presidencia del Gobierno. Así pues, si Ortega anduviese en lo cierto, ya corretea por ahí una generación y pico de españoles que ha llegado a la edad de la razón sin tener más que muy vagas noticias de tal acontecimiento. Jóvenes a los que acaso haya sorprendido el tono algo airado con que Aznar se entrega al empeño de realizar la autocrítica a sus herederos. Escasa memoria personal, decía, podrían conservar esos veinteañeros a propósito del estadista emérito. Lo extraño es que tampoco sus mayores parecen retener sobre el particular algo más que brumosos clichés visuales, esto es, falsos recuerdos.

Porque, igual que Zapatero ya resulta indisociable de la cursi estampa almibarada de Bambi, Aznar ha desplazado a Charlton Heston como encarnación del Cid Campeador en la memoria popular. Sin embargo, tan falso es que el Aznar presidente hubiera plantado cara a los nacionalistas en su día como el famoso juramento de Santa Gadea, esa otra leyenda inventada. Bien al contrario, aquel Aznar que hablaba lenguas vernáculas en la intimidad resultó el mejor amigo del Movimiento de Liberación Nacional Catalán. Y no solo del catalán, por cierto. Exhúmense, si no, los inopinados piropos del siempre montaraz Arzallus: "Hemos avanzado más con Aznar en quince días que con Felipe González en quince años". No mentía el de los árboles y las nueces. Él sacó en limpio la Ley del Cupo, que no era moco de pavo.

Por su parte, la Generalitat dejó por aquel entonces de representar poco más que una diputación pluriprovincial con aires de grandeza. Fue Aznar, recuérdese, quien entregó la Educación toda y la Sanidad a Pujol. Como Aznar permitió que la Policía y la Guardia Civil españolas fuesen repatriadas a la otra orilla del Ebro, suplantadas ambas en sus funciones por los llamados Mossos d'Esquadra. El mismo Aznar que también consintió suprimir los Gobiernos Civiles en cuatro demarcaciones donde la aplicación de las leyes del Reino se considera de antiguo obligación discutida y discutible. El que, en fin, rehusaría interponer recurso alguno ante el Tribunal Constitucional para evitar que tenderos y comerciantes fueran perseguidos de oficio por colocar rótulos en español. He ahí nuestro Rodrigo Díaz de Vivar, que ahora deplora "el silencio" ante el "desfalco de la soberanía nacional". A buenas horas, mangas verdes.

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