Senado

Ataúlfo, Montilla, Recaredo y Wamba

José García Domínguez

Obrado el milagro de Pentecostés en el Senado, al punto de que José Montilla zahirió allí con idéntica saña a Pompeu Fabra y a Nebrija, sólo nos restaba asistir a otro prodigio no menos portentoso, el de la conversión de ese rudo políglota a los principios del parlamentarismo constitucional. Pero, como dicen los periodistas deportivos cuando pierde el equipo de casa, no pudo ser. Y es que el president, al modo del vulgo, tiene interiorizado en el cerebelo que la democracia no es nada más que la dictadura de la mayoría; algo así como un sucedáneo de la monarquía electiva visigoda de Ataúlfo, Recaredo y Wamba, apenas con la única peculiaridad de que la espada del déspota se subasta en pública almoneda cada cuatro años.

De ahí que a don José no le quepa en la cabeza –ya de por sí angosta– el extravagante principio ilustrado de la independencia judicial. Una tara ideológica, ésa del Muy Honorable, que no acarrearía trascendencia mayor si no la compartiese con su igual, Zapatero. Consecuentes, uno y otro no padecieron la menor angustia por la renovación del Constitucional mientras les asistió la certeza de que María Emilia & Cía. aliñarían una sentencia a su gusto. Sin embargo, al trascender que el cambalache no estaba atado y bien atado, se desató el pánico escénico entre su grey, la catalanista. Procedía, entonces, cambiar ipso facto, sin mayor demora, ya mismo, al árbitro, a los linieres, a los recogepelotas y hasta al utillero de las almohadillas; en medio del partido, naturalmente.

Y en tal empeño anda ahora mismo ese par de dos; prestos ambos a educar a los supremos magistrados de la nación en el mismo principio de obediencia que rige para ujieres, mayordomos, marmotas y propios en general. Por lo demás, es ése, el de la renovación súbita, asunto que igual interesa a Montilla con tal de dilatar por todos los medios el veredicto final del Tribunal; al menos, hasta que hayan pasado las elecciones domésticas en Cataluña. Ya se ha dicho aquí más de una vez: a estas alturas del fiasco estatutario, la única sentencia que le sirve al PSC es la no sentencia, cualquier otro pronunciamiento devendría fatal para ellos. Ansían, pues, ganar tiempo. Para seguir perdiéndolo.    

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