Fernando Huarte

Anacleto, agente secreto

José García Domínguez
Éramos pocos y parió Pepiño. De su ancha manga acaba de salir el falangista auténtico ese con look de jefe de sala de bingo; Huarte, el Anacleto agente secreto que se rifan el Mossad y la CIA cuando pretenden enterarse de lo que vale un peine; ése al que basta con tirarle de un hilo suelto en la corbata de Zara para que emerja el del fez y las albóndigas, otro cero cero siete con licencia municipal para matar gallinas en la charcutería del barrio. Ahora, ya sólo falta que nos descubran a Fernando Esteso disfrazado de Ben Laden en la Fiesta de Moros y Cristianos de Picasent.
 
Mas si algo otorga verosimilitud a la aterradora sombra de sospecha que se cierne sobre el Partido Socialista, es precisamente la cutrez del personaje. Y es que la plástica de ese sujeto se compadece a la perfección con la escenografía de esperpento chusco que envuelve a la muy castiza trama del 11-M. Para colmo, nuestro James Bond a la sidra resulta ser íntimo de otro socialista auténtico, Rafa Vera, el yerno del de la ferretería. Que justamente eso era lo que nos faltaba para cerrar el círculo de tiza asturiano que empezara a trazarse el día de autos, después de aquel chin chin de Rubalcaba a los postres.
 
Aunque la verdad es la verdad, la diga Zetapé o su jefe de seguridad en Gijón. Y la verdad que nos ordenan creer es que el mayor atentado de la historia de Europa fue ideado, organizado y ejecutado por cuatro chorizos de Lavapiés. Que toda la Policía y la Guardia Civil toda de Asturias se tuteaba con los fulanos que proporcionaron los explosivos de la masacre, pero que les ocurrió igual que a los quinientos gallegos que iban cogiditos de la mano por la Gran Vía porque se habían perdido. Y que ese Lawrence de Arabia que comparte peluquero con Anasagasti, en caso de enterarse de algo, no les habría ido con el cuento a sus superiores en el PSOE sino a los Servicios de Información del Gobierno de José María Aznar.
 
En 1935, Le Petit Jouonal organizaba una encuesta tratando de descubrir cuál era el gobernante más apreciado por los franceses. Pétain se impuso por abrumadora mayoría. Poco después, llegó a ser más popular que el mismísimo Napoleón. De él recuerdan los tratados de Historia: “Encarnaba el antirromanticismo, el ansia de rehuir las obligaciones históricas y globales, el anhelo de una vida tranquila y segura (…) Los campesinos se alineaban a los costados cuando pasaba el tren que lo llevaba; las mujeres le ofrecían a sus hijos para que los tocase”. Pero su verdad, su triste verdad, fue que los nazis lo habían sentado en la poltrona del poder; el resto, eran cábalas.
 
Lo dicho, únicamente falta Fernando Esteso por aparecer en escena. Que siga la función.
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