Tratado constitucional

Allegro, ma non troppo

José García Domínguez
Lo que a algunos nos ocurre con Alemania —la admiramos tanto que estábamos encantados cuando había dos—, a Rodríguez le pasa con Uropa. Así, sueña con tener la suya propia —una casita de muñecas pintada en rosa— y que el resto, hastiados, huyamos a fundar otra. De ahí el viaje urgente a Francia. Y es que el presidente intuye, acertadamente, que su sola presencia podría garantizar el triunfo del no, razón de que se haya volcado en la campaña. Hoy, Francia es la patria del miedo, tierra de promisión, pues, para ZP. He ahí sesenta y dos millones de almas en pena escondidas bajo de una inmensa sábana; una nación entera cerrando los ojos cada vez que Thomas Friedman, el jefe de Internacional del New York Times, se detiene a repostar en cualquier gasolinera.    
 
Cuenta Friedman que la que hay enfrente de la redacción central del periódico es un autoservicio en el que él mismo ha de echar mano de la manguera, antes de medir personalmente el nivel de los neumáticos, y siempre con un ojo puesto en el mendigo que no deja de merodear en torno al coche. Aunque también relata que, por el precio de llenar un depósito en Japón, ahí se pueden desbordar cinco. Las gasolineras francesas y alemanas —las que hasta hoy han servido de modelo al resto de las europeas— le resultan tan caras como la japonesa, confiesa. Pero, a diferencia de las sonrisas, caramelos y genuflexiones que regalan los diez operarios vitalicios de aquélla, en la francesa, que es la última que ha visitado, nunca hay caras amables.
 
“Nuestro convenio dice muy claro que no estamos obligados a hacer eso”, es la canción del verano que allí se repite en todas las estaciones. Además —observa— delante de la puerta del lavabo aparecían colgados dos carteles; uno sindical, exigiendo la jornada de treinta horas, el otro, un póster de Torremolinos, recuerdo de las seis semanas al año que pasa allí un empleado. A escasos metros, en el bar, los dos cuñados en paro del hispanófilo jugaban a las cartas mientras despotrican contra el neoliberalismo salvaje que nos acecha. El hijo de uno de ellos, recién concluida su segunda carrera universitaria, empollaba en ese momento el temario de unas oposiciones a administrativo, le informó el padre. El Gobierno se proponía cumplir su programa y doblar de nuevo la plantilla de los funcionarios; era la gran oportunidad para el chico. 
 
Por último, cuando Thomas se desplaza al otro extremo del mundo, aún se topa de vez en cuando con alguna gasolinera comunista. El combustible en ellas es incomparablemente más barato que en ninguna otra; sólo tienen un problema: el surtidor siempre está vacío porque los empleados venden todas las existencias en el mercado negro a los turistas europeos. Por lo demás, ellos, los turistas, a veces son refinados; la gasolina, nunca.
 
Gane el o triunfe el no, el problema de Francia con su sábana mojada y el de Rodríguez con su Constitución de la señorita Pepys continuará siendo el mismo: ahí fuera, hay una novedad en el paisaje. Se trata de una inmensa autopista llamada globalización; es muy rápida, no cobra peaje, cualquiera puede entrar. Y ya ocurre lo que nadie había previsto: ahora, todos los surtidores están en la misma ruta y son los conductores quienes deciden en cuál repostar. Triunfe el no o gane el , sesenta y dos millones de franceses seguirán cerrando los ojos ante esa calzada. También ellos.
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