Adolfo Suárez o la dignidad

José García Domínguez

"Sentí, desde muy temprano, la penosa esclavitud del agradecimiento". Extraño rapto de sinceridad en un político, esas nueve palabras escritas por uno de los hombres con los que más desagradecida ha sido la España oficial dejan entrever el desamparo íntimo de quien habitó tras el personaje público llamado Adolfo Suárez. Adolfo, el hijo de Hipólito Suárez, aquel republicano que huyera de Ávila cuando la mañana del dieciocho de julio, estigma que habría de arrostrar su descendencia en una pequeña capital de provincias donde esas cosas nunca pasaban desapercibidas. Adolfo, un superviviente nato por el que nadie hubiese dado un duro el día que entró como "oficial interino" de Beneficencia en el Ayuntamiento de Ávila tras, a trancas y barrancas, lograr licenciarse en Derecho en la Universidad de Salamanca.

Sin patrimonio, sin un apellido de los que abren puertas, sin pedigrí social alguno, sin formación académica más allá de lo muy sumario, sin poseer una gran cultura libresca ni tampoco esa otra que se adquiere por ósmosis al tratar con el gran mundo, el bisoño presidente del Consejo Diocesano de Acción Católica nunca hubiera llegado muy lejos de no haberse cruzado en su camino dos figuras decisivas, Mariano Gómez de Liaño y Fernando Herrero Tejedor. Así, sería Gómez de Liaño, a la sazón magistrado de la Audiencia Provincial, quien lo recomendase como secretario personal al fiscal Herrero Tejedor, por entonces recién nombrado gobernador civil de la plaza. Corría el año 1956 y comenzaba para aquel ignoto meritorio una larga carrera de maletilla de la política probando suerte como subalterno, siempre a la sombra de Herrero.

Hasta que llegó su gran oportunidad al aterrizar en RTVE. Desalojados ya los falangistas de la primera línea de mando, los tecnócratas del Opus que se aprestaban a ocupar su lugar tenían algo en común: todos podían recitar de memoria la Ley de Bases de Régimen Local, pero ninguno sabía cómo hay que conducirse delante de una cámara de televisión, pericia fundamental en la neonata sociedad del espectáculo; ellos no, pero Adolfo sí. Una circunstancia, su magisterio mediático, que no pasó inadvertida en el entorno del Rey una vez difunto el dictador. Aunque, en el diseño de La Zarzuela, Torcuato Fernández Miranda estaba llamado a ser el cerebro de la voladura controlada del Régimen, y Suárez, a ejercer de poco más que simple –y telegénico– brazo ejecutor. Pero aquel chico de Ávila, el hijo de Hipólito, acabó creyéndose su propio papel, el de presidente del Gobierno de España.

Y ahí empezarían los problemas de verdad. Una tirantez, la del pájaro que quiso volar solo con su regio mentor, que incluso llevaría a la humillante defenestración del mismísimo Torcuato. Senador por designación real, Fernández Miranda sería invitado a abandonar el grupo parlamentario de UCD luego de manifestar su público rechazo al término nacionalidades. Poco después, a mediados del 79, el primer presidente de la democracia, que se sabe solo, pronunciará una frase lapidaria: "De aquí no me sacarán si no es con los pies por delante". Que estaba hablando en serio lo demostró en el banco azul la tarde del 23-F, cuando la lerda brutalidad cuartelera de Tejero dio al traste con aquel fantasmal Ejecutivo del general Armada donde Luis María Ansón, la pluma más cortesana del Reino, tenía asignado un ministerio. Adolfo Suárez o la dignidad. Hoy, el agradecimiento se lo debemos todos a él. Que la tierra le sea propicia.        

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