Yaser Arafat

A tres segundos del olvido

José García Domínguez
Prueba irrefutable de que los peces del mar son de izquierdas es que la ciencia ha demostrado que su memoria también pervive un máximo de tres segundos. De ahí que besugos, anguilas y boquerones compartan hoy el llanto con sus parientes bípedas, las plañideras progresistas, ante la irreparable pérdida de la madre de todas las pirañas. El escamoso sobrino de Mohamed Amin al-Husseini, Gran Muftí de Jerusalén en tiempos del nazismo, agoniza entre los brazos de Jacques Chirac, otro amnésico de nacimiento que tampoco es capaz de recordar ni dónde caen las playas de Normandía.
 
Exactamente igual que Ben Laden, Al-Zarqaui, Moratinos y ZP, lloran desconsolados en el agua pulpos, calamares y bueyes de Francia. Es el suyo un dolor que se anuncia crónico e intratable. Aunque, en el caso de la fauna marina del Atlántico, se alivia por brevísimas secuencias temporales. Se trata de una curación espontánea que se produce cuando nadan entre los huesos de Leon Klinghoffer. Sí, aquel perro judío, viejo y paralítico que viajaba en el "Achille Lauro". Sí, aquel que el 7 de octubre de 1985 los heroicos fedayin de la OLP arrojaran al océano sentado en su silla de ruedas; mas, justo a los tres segundos de pasar a su lado, retornan las lágrimas incontenibles a los ojos de esa mariscada errante. Entonces, el banco entero torna sus pupilas enrojecidas hacia el canciller Curro. Y en ese instante, hasta las gaviotas gimen desde el aire. Y comienza a subir la marea. Y se inunda el mar de bendita agua dulce; de sentidas e infinitas gotas derramadas en honor del inminente traspaso del sobrino de su tío.
 
El tío del sobrino, el gran Mohamed, fue aquel que apadrinó la Handzar Trennung, la división de las SS islámicas integrada por los veintiún mil musulmanes que combatieron contra la Civilización bajo las órdenes directas de Himmler. El mismo Mohamed que en 1944 viajó a Berlín para rendir honores a Hitler y animarlo a no cejar en el empeño de exterminar a todos los judíos del planeta. Ese Mohamed que se esfumó del recuerdo de todos los progresistas de Europa, justo a los tres segundos de que el primer soldado norteamericano hubiese entrado en París para liberarlo de la barbarie.
 
El sobrino del tío, el gran Yaser Arafat, es la misma rémora reaccionaria que sus inconsolables albaceas de hoy despreciaban cuando el padrecito Stalin se empeñó en que naciera un estado judío en Israel. Arafat, el estúpido cangrejo que pretendía ignorar la marcha imparable de la Historia; eso pensaban en 1948, justo cuando la Unión Soviética ordenó a Checoslovaquia asignar un aeródromo entero a la labor de abastecer de armas a los judíos de Tel-Aviv. Pero pasaron otros tres segundos, y el guía de todos los proletarios de la Tierra cambió de opinión. Y de nuevo, los capataces del amo volvieron a perder la memoria. Ya no la recuperarían jamás. Por eso, esta tarde sollozan abatidos. Se les muere su bondadoso y amado Arafat. ¿Quién se encargará ahora de seguir cargando de dinamita a niños de catorce años para que revienten en medio del mercado de Jerusalén?
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