¿A quién castigar el domingo?

José García Domínguez

Hay algo definitivamente infantil en ese afán por castigar a los políticos profesionales el próximo domingo que se percibe ahora mismo en la sociedad española. Nacida y amamantada en los medios de comunicación, esa mentalidad de patio de colegio ha acabado dominando el sentir de la opinión pública, al punto de devenir hegemónica a día de hoy. Una inmadurez adolescente, la que pretende identificar la causa primera y genuina del colapso de la economía en la artera maldad de unos cuantos representantes públicos, que igual yace en el origen de otra predisposición no menos pueril, la del adanismo regeneracionista. Al cabo, dos estados colectivos de ánimo muy coherentes con esa lógica de jardín de infancia que se ha apoderado del país.

Y es que, si la culpa toda de la crisis la tuvieron unos políticos malos, bastará con desplazarlos por otros políticos buenos, sostiene la doctrina, para que, ya resuelto el entuerto, seamos felices y comamos perdices. Como en el chiste del borracho que buscaba las llaves perdidas de su coche bajo la luz de una farola con el argumento irrefutable de que allí había más luz, la sociedad española ha querido encontrar la explicación a un complejísimo cataclismo sistémico que no entiende en los delitos y faltas del chivo expiatorio que tenía más a mano: su clase política. Aunque no únicamente el pueblo llano, también las elites han incurrido en idéntico proceder.

Nada tan extraño si bien se mira. En el siglo XVIII, el de la Ilustración, el de la eclosión del racionalismo científico, el de la entronización de la idea del progreso, el de la física de Newton, el del nacimiento de la llamada ciencia económica, las mentes más lúcidas y preclaras seguían creyendo, sin excepción conocida, que los metales nacen y crecen en el interior de las minas del mismo modo que las lechugas y los tomates lo hacen en las huertas. Así, era convencimiento común que los yacimientos debían dejarse descansar durante 15 años para que volvieran a producir metales en abundancia una vez agotadas sus vetas.

Léase, si no, a nuestro más reputado científico del momento, el padre Feijoo, erudito teórico del barbecho minero. En el XVII estaban convencidos de que bastaba con sentarse a esperar con los brazos cruzados para que el oro, la plata y el cobre emergieran de la nada sin más auxilio que el de la paciencia. Y en el XXI creemos algo no muy distinto: que también basta con sentarse de brazos cruzados a esperar que el mercado resuelva por sí solo, sin auxilio de nadie, el mayor colapso que recuerdan los anales desde 1929. Y si no lo hiciera, como viene siendo el caso, la culpa habrá que echársela a ya sabemos quiénes. De patio de colegio, pero la condición humana es así. En fin, el domingo a castigar a los malos.         

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