Las recetas de Rajoy

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José García Domínguez
Quién sabe, quizá algún día llegue a presidir la ONCE. Pero lo cierto y seguro es que jamás dirigirá el Gobierno de la Nación. No. Con esa minusvalía congénita suya, imposible. ¿Cómo habría de lograrlo si tiene delante de sus mismísimas narices a un elefante de doscientos cincuenta mil kilos, una aberración contra natura que pesa el 25 por ciento del PIB español, y no lo ve? Porque ni lo ve. De ahí esas fórmulas magistrales, directamente extraídas de la botica de Babia, que ha explicado al director de ABC con tal de curarnos de la crisis.

"Hasta ahora es evidente que ni las pequeñas y medianas empresas ni las familias han recibido créditos, y por tanto la actividad económica está parada", le espetó el pretendido pretendiente a Ángel Expósito. En consecuencia, según Rajoy, lo prioritario debería ser... abaratar el despido. Es decir, hemos ofrendado en el altar de la Banca una cuarta parte de la riqueza de España, y ella la ha escondido en un calcetín sin ceder un solo euro ni a las empresas ni a los particulares; ergo, según el Homero de Pontevedra, el drama de la economía patria reside en que cuesta un dinero poner de patitas en la calle a la señora de la limpieza.

Pues que se lo haga mirar, como decimos en Cataluña. Tres millones de electores, seis mil al día, pasando por caja a firmar el finiquito, y la única idea fuerza que se le ocurre transmitir al Gran Ciego es que hay que facilitar aún más el despido. La única. Ya está. Punto. En fin, que le busquen un lazarillo. Lo necesita con urgencia. Un lazarillo y un perro guía. Cuánto antes, mejor. Porque, desengañémonos, lo suyo no tiene mucha pinta de admitir cirugía.

Y es que cualquiera con un mínimo instinto de la supervivencia política, ya andaría encabezando la gran manifestación de las clases medias por el nunca máis al chapapote financiero; dirigiendo la respuesta airada de la sociedad civil ante el contubernio contra la economía de mercado del Partido de los Banqueros, también conocido por PSOE. Cualquiera, claro, menos este don Mariano del turno pacífico, la retina atrofiada y la pachorra infinita. Lo dicho, con mucha suerte, a la ONCE. 

Adenda:

Antes de pergeñar fantasiosas analogías en las barras de los bares mentando en vano los nombres de Keynes, Roosevelt y el New Deal, conviene acusar recibo de la siguiente evidencia histórica. Durante la Gran Depresión, las célebres ayudas del Gobierno americano se dirigieron a la gente corriente, no a los banqueros y a los tiburones de Wall Street. En concreto, Roosevelt destinó el equivalente a setecientos mil millones de dólares actuales a las familias que no podían pagar el recibo de la hipoteca, frente a unos doscientos mil dirigidos a adquirir acciones de entidades financieras en crisis. A recordar cada vez que se sienta la tentación de establecer peregrinas comparaciones diacrónicas.
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