España, la eterna ladrona

Jesús Laínz

Reflexionemos unos momentos sobre Cataluña posando nuestra vista en el siglo XVI. Porque cuando en los Países Bajos comenzaron a agitarse las aguas contra su soberano Felipe II, uno de los argumentos más repetidos por la propaganda antiespañola, junto a las pugnas religiosas, consistió en denunciar que los impuestos allí pagados estaban soportando desmesuradamente los gastos del Imperio. Guillermo de Orange, en su influyente Apología, escribió que los impuestos fijados por el duque de Alba estaban produciendo “las más horribles calamidades a los vasallos de los Países Bajos”. El rey recibió el mensaje y encargó detallados estudios para demostrar a los holandeses que no era cierto y que los dineros dejados por los gobernantes españoles en aquellas tierras eran cuantiosos. El esfuerzo fue inútil, pues las pasiones ya estaban encendidas y los razonamientos, dada la naturaleza sentimental del ser humano, siempre han jugado con desventaja en su lucha contra los eslóganes.

A principios del siglo XIX las ansias independentistas cruzaron el océano como con-secuencia del vacío de poder provocado en España por la invasión napoleónica. En aquella ocasión, junto a la resurrección de las exageraciones lascasianas oportunamente promovida por ingleses y franceses, ocuparon de nuevo un lugar prominente los asuntos económicos, empleados por Bolívar y demás caudillos criollos para reclamar que les iría mejor sin una metrópoli que les robaba sus impuestos. Y con ellos como gobernantes, lógicamente.

Pero tampoco esto era cierto. Humboldt, protestante alemán cargado de prejuicios contra la católica España, había anotado durante su famoso viaje por América pocos años antes su sorpresa por que los indios pagasen muchos menos impuestos que los españoles. Estaban exentos de todo impuesto indirecto, incluida la alcabala, el principal impuesto durante el Antiguo Régimen y el que más ingresos producía a la Hacienda real. Y en cuanto a los impuestos personales, Humboldt señaló que “han venido disminuyendo de doscientos años a esta parte”. Dichos beneficios económicos acompañaron a los jurídicos desde el comienzo de la presencia española en tierras americanas. Por ejemplo, Felipe II ordenó en 1593 a sus gobernantes de Indias que “de aquí en adelante castiguéis con mayor rigor a los españoles que injuriaren, ofendieren o maltrataren a los indios, que si los mismos delitos se cometiesen contra los españoles”. Notable contraste con las tierras americanas en poder de los ingleses.

En 1881, ocho décadas después del viaje de Humboldt, Joaquín Costa pronunció numerosos discursos por toda España para defender sus convicciones librecambistas frente a los partidarios del proteccionismo encabezados por unos industriales catalanes siempre temerosos de la competencia exterior. Con estas palabras rebatió Costa las acusaciones que lanzaban contra los sectores productivos de otras regiones por considerar que vivían a costa de su excesiva contribución a la Hacienda nacional:

Denunciaron a los vinicultores andaluces como productores insignificantes, porque se atrevieron los muy insolentes a reclamar la negociación de tratados con algunas naciones extranjeras, y los vinateros andaluces contestaron que la sola ciudad de Jerez, que ni siquiera es capital de provincia, paga mas contribución que Barcelona, emporio de la industria catalana y centro oficial del proteccionismo. Motejaron a Madrid llamándolo corte de vagos y holgazanes, que vivimos a expensas de los catalanes, chupándoles la sustancia en forma de impuestos y de contribuciones, y al comercio madrileño, que es librecambista, como formado por unos cuantos tenderos de mala muerte, y Madrid contestó con cifras demostrando que paga doble contribución industrial y de comercio que Barcelona, y que las cuatro provincias catalanas contribuyen menos por ese concepto que la sola villa de Madrid, toda vez que las cuatro provincias catalanas, incluyendo en el cálculo a Barcelona, Tarragona, Reus, Olot, Sabadell, Manresa, Gerona y Tarragona, tributan en junto por subsidio veintiún millones y medio al año, al paso que la sola villa de Madrid paga por igual concepto veinticinco millones.

Como se ve, el Espanya ens roba no es de hoy. Se inventó hace mucho. Y los industriales proteccionistas catalanes hicieron buen uso del argumento para reclamar continuos privilegios fiscales que les permitieran sobrevivir a la competencia extranjera bajo el paraguas español.

Conviene no desdeñar el poder de los eslóganes, sean ciertos o falsos. Sobre todo los falsos. Porque, a pesar de los optimistas, casi siempre de espaldas a la realidad, no hay ninguna ley ni humana ni divina que obligue al triunfo de la verdad sobre la mentira. La historia está plagada de victorias de los falsarios y derrotas de los que defendieron la verdad: la falsa voladura del Maine, causa de la intervención yanqui y del fin de la presencia española en América, es buen ejemplo de ello.

Los casos que acabamos de mencionar a vuelapluma, como tantos otros ocurridos en todo tiempo y lugar, provocaron sublevaciones, guerras, miles de muertos y cambios políticos irreversibles. Y de nada sirvió que en tiempos posteriores se demostrara la falsedad de la propaganda, ya que las aguas de la historia nunca remontan corriente arriba. Por eso hay que tener muy presente que el porcentaje de catalanes que se han tragado la patraña del Espanya ens roba es desolador.

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