Que nos va la vida en ello…

Javier Somalo

No es el aleteo de una mariposa lo que está provocando terremotos políticos en España. Es el miedo de la izquierda a perder el poder y a que la derecha decida reaccionar a las trampas. Lo que empezó en Murcia estaba claramente destinado a Madrid y ya lo ha corroborado el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, al anunciar su repentina candidatura para la Comunidad de Madrid.

“VuELve” el Iglesias desbocado que necesita caos para construir una frase completa. Y lo hace con un vídeo como vicepresidente del Gobierno del Reino de España —no en la sede de Podemos—, en el que dice que ya es hora de República y de echar a los “criminales” y “delincuentes” que están en la Comunidad, como primer paso, claro. Por muchísimo menos se ha pedido una reprobación en el Congreso de los Diputados. Pero lo del doble rasero aburre porque sirve de poco cuando está la izquierda en el poder y, como casi siempre, en casi toda la prensa.

El Iglesias de moño y pendientes, con una mano bajo la mesa, sin adorno ni papel alguno en escena, sólo con su ceño, intenta matar a una bandada de un solo tiro porque resulta que si ÉL es el único capaz de detener al fascismo, además deja el puesto para que por primera vez en la historia una mujer, Yolanda Díaz, sea presidenta del Gobierno, como si fuéramos a votarlo todo junto o ya lo hubiéramos hecho.

Si Pedro Sánchez no sabía nada de esto, como parece, sería el siguiente perjudicado porque tendría que dar explicaciones. Pero Pedro Sánchez no explicó ni el plagio de su tesis, ni si había comité de expertos por la pandemia, así que abandonemos toda esperanza. Y tampoco resulta de mucho interés que Iglesias haya querido castigar el ninguneo de su presidente porque no creo que eso se traduzca en algo concreto y ahora hay que centrarse en lo que sea útil. Es más, parece que el único mensaje de Moncloa hasta ahora es que el efecto de la candidatura es positivo en sus cuentas contra Ayuso, como si Iglesias fuera una especie de Kamala de Gabilondo, y que además prefieren a Yolanda que a Pablo en la vicepresidencia.

En cuanto a Íñigo Errejón, el de la moción de cartón piedra, ya se puede considerar viejo camarada o súbdito y borrar de su lista de contactos a cualquier amigo que se apellide Mercader. Los sóviets han sido anulados, el partido también. El comunismo es Iglesias y el resto, enemigos. Así sucede siempre por más que algunos se resistan.

Por último, o lo primero, Iglesias cae cada vez que llegan las urnas y este lunes ha doblado su apuesta ante la inminente llegada de su ocaso personal y político.

Al nuevo candidato jamás le importaron la pandemia ni los muertos en las residencias que eran de su competencia pero que vertía contra Madrid. No ha visitado un hospital, salvo desde las redes y para boicotearlo, ni fue al Palacio de Hielo a comprobar que sí, que era verdad, que morían personas, muchas personas. Esas minucias no alteran un músculo en el comunismo porque ellos sólo ven “gente”, nunca personas. Y el desorden siempre beneficia.

Lo bueno de la candidatura de Iglesias es que tenemos fotos y recuerdos de lo que puede ser su Madrid, en el mejor de los casos, porque hace ahora un año lo inauguramos por culpa de la pandemia: estado de alarma, confinamiento, cierre absoluto, ruina, desabastecimiento, miedo. Por más que quiera cambiarlo, tiene la campaña hecha con imágenes de archivo. Iglesias sería la tumba de Madrid porque el comunismo es la tumba más profunda de la libertad, como bien ha acuñado Ayuso en un lema de campaña —“Comunismo o Libertad”—que espero mantenga contra viento, marea y complejos porque es el más certero de la democracia.

Hay un enemigo claro, clarísimo. Así que el 4 de mayo hay que votar con 14 mascarillas superpuestas o vestido de buzo o por correo, porque, como diría su camarada la vicepresidenta Calvo, nos va la vida en ello. Ahora sí.

 

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