Pablo, Teo y el banco del parque

Javier Somalo

La historia de la derecha española desde la Transición es simple; dura pero simple. Es José María Aznar el que refunda la derecha ante la urgente necesidad de construir una alternativa al imperante, y parecía que sempiterno, socialismo (diciembre de 1982—mayo de 1996). Ante un bloque sólido de izquierda como el PSOE no se podía luchar con una coalición de partidos en la que continuamente reclamaban personalidad propia los democristianos, los conservadores, los liberales y hasta los socialdemócratas… y capitaneados nada menos que por Manuel Fraga Iribarne, que jamás estuvo cerca del poder nacional. Los Hernández Mancha, Verstringe, Alzaga, Herrero de Miñón provocaron profundas grietas por las que se fue perdiendo mucho combustible, y para desalojar a González hacía falta todo atisbo de energía.

La derecha, con las siglas que fuera, siempre había tenido esas fugas. La UCD, partido creado para gobernar porque había un Gobierno sin partido, no consiguió homogeneidad ni centro alguno por más empeño que se pusiera. Y era bien lógico: en la UCD había franquismo y antifranquismo recientes, cosa de la que nadie debería quejarse ni lamentarse, pues esa fue la gran proeza. Pero desde luego, después de arrimar el hombro para salir de una dictadura, poco más podían aportar sin destruirse. La UCD fue el fusible entre la dictadura y la democracia. Chamuscarse era su destino, su función. Criticarlo desde la actualidad es injusto y, muchas veces, cobarde.

Cerca de su ocaso, la UCD debatió si unirse a la AP de Fraga, si hacerse supercentrista con el CDS, si más liberales con el PDL... Desapareció sin más. Pero ya desde su gestación como partido, y precisamente por lo artificial de ese origen, malconvivieron azules con casi-rojos, juancarlistas con donjuanistas y liberales con intervencionistas convencidos. Y en cada rincón latía una ambición, un sueño de asalto al poder, un germen de traición. ¡Cuánta maldad al lado de tanta valía! Una verdadera lástima.

El 29 de mayo de 1980, durante el debate de la moción de censura que interpuso el PSOE contra el Gobierno de Adolfo Suárez, Alfonso Guerra dijo:

"La mitad de los diputados de UCD se entusiasma cuando oyen en esta tribuna al señor Fraga y la otra mitad lo hace cuando quien habla es Felipe González, pero hasta hoy todos votan al señor Suárez. A partir de ahora la historia lo dirá".

Aquella moción se sabía perdida en cuanto al resultado de la votación, pero todos eran conscientes, Suárez el primero, del desgaste letal que supondría, como así sucedió. Y Guerra tenía razón aunque pronto sucedería algo parecido en su partido. El caso es que la derecha española siempre ha tenido un componente suicida. También de cobardía y de envidia. Pero hubo épocas en las que era más comprensible que ahora.

Del originario PP de 1976, germen del centro político de la Transición, de la UCD creada para dar siglas a un Gobierno de urgencia tras la muerte de Franco, de la AP que siguió exhausta los pasos de Fraga y, finalmente del PP reconstruido por Aznar han entrado y salido habitualmente liberales, conservadores, democristianos y socialdemócratas. Muchos de esos tránsitos han generado sonoras crisis, una larga lista de bajas y el fin de estructuras completas como el caso de la UCD. Aznar frenó esa sangría en el PP cuando Fraga le pasó finalmente las riendas del partido tras la confusión de Hernández Mancha.

Cuando la izquierda flaquea, la derecha se disuelve

La izquierda de la moción del 80 era granítica. Tanto, que era única y exclusivamente ese PSOE que gobernaría después España durante 14 años. Aznar aglutinó las derechas en una, misma arma de la que se valió González para peinar canas en La Moncloa, como única forma de convertirse en alternativa. No hacía falta carisma, ni demasiada simpatía, ni parecerse a Felipe. Hacía falta un partido con ideas claras, antagonistas y desacomplejadas y alguien con pinta de cumplir la promesa de llevarlas a cabo.

A la vista está que la izquierda de ahora mismo, la que permite gobernar a Pedro Sánchez, dista mucho de ser un bloque y, sin embargo, el PP se incapacita para aprovechar la oportunidad porque está empeñado en abrir una crisis allí donde más éxito cosecha: en Madrid con Isabel Díaz Ayuso ¿Alguien lo entiende mientras Sánchez suspira de alivio?

La alternativa a Sánchez (PSOE, Podemos, Bildu, ERC…) es el PP de El Retiro. Son Casado y Teodoro tratando al PP como pide la izquierda para las instituciones. ¡Fuera el poder de Madrid! La líder del partido en Madrid, la que gana, no lo puede dirigir. Y sólo pasa en Madrid porque es la capital de España.

Teodoro podría haber estado en muchas de esas corrientes de la derecha que tradicionalmente no quiere ser derecha pero que figuran y pretenden transformar el partido. El secretario general presume de ser práctico, lo que significa, entre otras cosas, que hablar de ETA ya no interesa a nadie, que lo de los jueces independientes es una manía que no lleva a ningún sitio y que "los altos cargos en el PP" ya no están hechos "para los apellidos largos". Esto último se lo dijo en una entrevista en 2018 a Daniel Ramírez en El Español, cuando presumió de haberse inventado el nuevo PP "en un banco de El Retiro" así como "Google nació en un garaje". Igualito, no sé cómo no se nos ocurrió antes... La frase sobre los apellidos bien podría ser de Pablo Iglesias, el convenientemente apelado por la del apellido largo y exactamente por ese motivo, el de los orígenes de cada cual. Así que el PP de Teodoro actuó en consecuencia y la del apellido largo vio acortada súbitamente su prometedora trayectoria en aras de una nueva forma de hacer política. Verstringe, Alzaga, Teodoro… La derecha.

Según algunos testimonios es en ese mismo banco de madera donde Teodoro admite ante el propio Casado que tiene otras alternativas para suceder a Rajoy si no se decide pronto. Si estaban solos y trascendió será porque o uno o el otro se lo contaron a alguien. Y si es cierto, que tiene toda la pinta, no cabe más ambición. Por eso sigo creyendo que buena parte de la zozobra pepera es de origen murciano aunque la responsabilidad recaiga íntegramente, como debe ser, sobre el pretendido líder.

Últimamente hay motivos para repartir algo más la culpa. José Luis Martínez Almeida, alcalde la ciudad donde la que gana no puede dirigir al partido ganador, ha pasado de ser piñón a palo en la rueda. Sin cambiar de gesto, sin perder la sonrisa. ¿Alguna promesa? ¿habrá probado el banco de El Retiro? ¿Miedo o ambición? Por otro lado, ¿qué piensa el alcalde de Madrid, cuáles son sus ideas políticas? Mientras trascienden, mutan o se ocultan, ya son tres contra una, la que gana, la del apellido corto.

¿Hay una mitad del PP mirando a Vox (deberían) y otra al PSOE, como decía Guerra de la UCD cuando estaba a punto de finiquitarla? ¿Cuántos partidos hay en el PP, cuántas formas distintas hay de pertenecer al PP, cuántos pepés nos quedan por sufrir?

La terrible conclusión es que el PP que podría ganar unas elecciones es uno que acabó herido de muerte en la era Zapatero y que prolongó su agonía —consciente y autoimpuesta aun ganando elecciones— bajo el pesado manto de Mariano Rajoy. Entonces quedó dividido en varios partidos que se vieron obligados a cubrir vacíos ideológicos en Cataluña, en el País Vasco y en el olvidado y yermo mundo de las ideas. Aquello que en su momento se unió, terminó por escindirse, pero no en un proceso inverso, pues antes no era uno, sino como fruto de un terrible fracaso.

Cayetana Álvarez de Toledo sacudió conciencias e Isabel Díaz Ayuso ganó elecciones jugando magistralmente la baza de la convocatoria contra una maniobra de Ciudadanos y el PSOE. A ambas las buscó y encontró Pablo Casado. Es imposible de comprender el resto. No sé si se dejarán ver, en ese mismo banco del enorme parque madrileño, Teodoro y Pablo, quizá ya con Almeida, los lunes al sol, contándose las deformadas batallitas de por qué aquello no pudo ser.

Algunos en el PP empiezan a merecerse una dedicatoria a lo Greta Thunberg.

A continuación