El odio, el bulo y la verdad

Javier Somalo

Siempre es malo empezar un artículo con una excusa… pero vaya por delante que creo en el progreso del género humano en el sentido de que cada vez viven mejor más personas, no solo materialmente, y que las miserias terrenales son menos graves. Quizá no llegue al final del artículo con la misma idea.

Por más que nos digan, suceden las mismas cosas de siempre, las buenas y las malas. Ni más ni menos que antes. La diferencia, además de que le ponemos nombre extranjero a los males conocidos, estriba en la velocidad con la que nos enteramos de ellas y la peligrosa inmediatez con la que demasiada gente se lanza a opinar sin conocimiento o a difamar con plena conciencia. Todos los días tenemos ejemplos de ello y los que nos dedicamos a esto de la información lo sufrimos especialmente. Cueste lo que cueste elaborar una noticia siempre habrá un lector que salte a los pocos segundos de publicarla sin haber leído apenas el titular. Por suerte, suele aparecer otro que le pide al inquieto agitador que, por favor, siga leyendo antes de insultar o se vaya. Y así pasan los días.

El verdadero problema es que hay un esquema de acción (artificial)-reacción (política) que se ha convertido en sistemático y fluye, de forma casi profesional, desde la izquierda mediática, pasando por las redes sociales hasta convertirse en acción de Gobierno. Aunque no se cumpla en todos los casos, un problema que no existía realmente en la sociedad llega por este camino hasta el poder Ejecutivo, que responde con una Ley, una comisión o un simple argumento contra el opositor. Aparentemente de abajo a arriba y contra lo que no es izquierda.

La brutal agresión homófoba o el caso "Marlaskaña"

El ejemplo más reciente de este sistema de propagación circular que provoca el estímulo y fabrica la respuesta es el del caso Malasaña, que acabará en caso "Marlaskaña" por la ya reiterada desvergüenza del ministro del Interior. Aunque estemos hartos de oírlo y leerlo, todo empezó en El Diario, publicación digital de Ignacio Escolar: "La Policía investiga una brutal agresión homófoba en el centro de Madrid cometida por ocho encapuchados".

Basta un simple tuit posterior, no hace falta que sea de nadie relevante, para que el titular ya contenga respuesta implícita a una de las preguntas que antes se hacían los periodistas sin mucho éxito: ¿por qué? Pues por el clima de odio que ha traído Vox. Curiosamente no habrá clima alguno si a un concejal del PP en el País Vasco le rompen la cara de un puñetazo: "¿Eres el del PP?" y le sacuden porque no llevaban encima una pistola. Pero ni clima ni odio. Hecho aislado o algo habrá hecho.

En lo de la "brutal agresión homófoba" de Malasaña inmediatamente salieron los partidos a condenar el terrible suceso y a ponerlo en conexión directa con el famoso "clima". El PP, al menos el alcalde Almeida y el consejero de la Comunidad de Madrid Enrique Osorio, no cayó esta vez en la trampa de culpar a Vox. En cuanto a climas de odio, Osorio dijo que él sólo conoce el que instauraron en Madrid Podemos y Más Madrid, azuzando diariamente al enfrentamiento entre españoles. Tal cual.

Ocho encapuchados, un insulto homófobo grabado a cuchillo en una nalga… Los medios prepararon sus cadalsos en portada, en prime time o a micro partido. Y entonces Vox condenó la "presunta agresión" y de inmediato se abrió la veda a toque de cuerno. Los muy nazis ni siquiera se creían la "brutal agresión homófoba" con humillación lacerante incluida. La colección de adjetivos fue interminable. Las redes sociales, alimentadas con carnaza desde arriba, se lanzaron como nunca. Casi parecía que el propio Abascal blandió el cuchillo tatuador. El Gobierno bramó, la izquierda salió a la calle, las redes portaron picas en busca de trofeos…

Pero no hubo agresión, fue todo consentido, hasta el mensaje grabado a punta de navaja era, según parece, puro ritual sadomaso. ¿Y? Y nada de nada. ¿Qué hacemos ahora con el odio? ¿Dónde lo ponemos?

Aunque siempre habrá casos, por supuesto, no hay intolerancia ni odio a la homosexualidad en España. Mucho menos en Madrid. La sociedad, y con esto vuelvo al (¿falso?) optimismo inicial, simplifica mucho más las cosas y no requiere de leyes aberrantes que, en el caso que nos ocupa, niegan hasta la biología. No hace falta que nos fabriquen problemas para que parezca que los solucionan. Hay problemas reales de sobra y jamás los atajan, especialmente la izquierda doctrinaria que siempre prefiere romper para no tener que ponerse a hacer. Que se lo digan a Pablo Iglesias, el gran vago del cambio.

Marlaska, ministro de bulos, no es nuevo en la disciplina. Ya tuvo su papelín en plena campaña electoral madrileña, cuando se le llenaron los buzones del ministerio con cartuchos de CETME, navajas y todo tipo de instrumentos del odio. Tanto se le está acumulando el escándalo que le ha venido a ver "El Pollo" Carvajal. Casi prefiere lo de Venezuela, con todo lo que puede salir, que estos bulos groseros que le pueden costar el puesto mañana mismo.

Más ejemplos: a muchos españoles, supuestamente todos de derechas, no les gusta ("les jode") que un negro español gane una medalla olímpica. Y aunque no sea ni remotamente cierto, lo dice la medallista Peleteiro, que ya se significó políticamente en varias ocasiones, y varios medios califican el mensaje de "potente". Así que las redes salen otra vez a la caza de un culpable. El agitador Juan Carlos Monedero, experto en mensajes de odio de verdad, estuvo especialmente torpe aunque cumplió su habitual cometido:

"Es curioso que cuando la bandera española se identifica con algo hermoso, la derecha se indigna. Les molesta menos una bandera republicana que una mujer negra con la bandera roja y amarilla. Luego se extrañan de lo difícil que se nos hace esa tela coloreada en cuyo nombre roban".

Afortunadamente hubo muchos que recordaron a Chicho Sibilio, Marcos Senna, Niurka Montalvo o Serge Ibaka (Ikea para Pepiño Blanco) y que descubrieron a la primera la fabricación de una polémica, un problema que no existía… un odio sobre el que habría que protestar y protestar hasta legislar para luego multar, prohibir y, por fin, ilegalizar. Nadie niega el racismo, pero no creo que en España estemos peor que antes.

La maldita pandemia ha contribuido también al auge de los bulócratas que ahora buscan víctimas de supuestas vacunaciones obligatorias, última tendencia en las redes suburbiales que ya comercializan la "desvacunación" con dióxido de cloro. La mayoría de las veces estamos ante miserables sin demasiada formación pero con tiempo, mantenidos por alguna fuente interesada. Otras, son igual de miserables pero ni siquiera tienen quien les mantenga y lo hacen por hacer algo antes de dormirse delante de una botella o contemplando una desagradable imagen devuelta por algún espejo inoportuno.

Con todo lo visto, sucedido y lo que cada uno podamos sospechar, este viernes 10 de septiembre se ha celebrado algo que se llama así (y con cada palabra en mayúsculas): "Comisión Extraordinaria de Seguimiento sobre Medidas del Plan de Acción de Lucha contra los Delitos de Odio". Orwell era más comedido acuñando órganos y ministerios en 1984. Es para echarse a temblar.

El bulo, el engaño o la difamación son tan antiguos como que son inherentes al ser humano. Hoy existe toda una industria, con magnífica colaboración público-privada, de fabricación de mentiras para que lo inmediato, lo fugaz, lo inconsistente y lo efímero tengan un perverso provecho. Pero, ¿quién odia a quién en España? ¿Cómo se usan esos bulos para que un ejército de psicópatas, solitarios, fracasados o ingenieros sociales del Mal salga de madrigueras a emponzoñar el mundo y, conscientemente o no, a facilitar la labor de un Gobierno liberticida?

Todo está a nuestro alcance y el mejor verificador de bulos ha de ser uno mismo. La libertad exige siempre un esfuerzo: se puede y se debe contrarrestar la corriente dominante en las redes sociales de forma seria y organizada, se puede y se debe elegir mejor lo que se lee y lo que se cree, se puede y es urgente silenciar a los miserables del bulo barato negándoles el alpiste que necesitan para malvivir. En resumen, a unos hay que combatirlos y a otros, ignorarlos por completo.

¿Va entonces la humanidad a mejor? Habrá que perseguir la idea, pero con Hobbes en la cabeza, con Marlaska de patitas en la calle y con algunos personajes encerrados en centros especializados.

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