Los chicos del adoquín

Javier Gómez de Liaño

Algunas ciudades españolas, entre ellas Barcelona, Madrid, Pamplona, y Valencia, han sido el blanco de la barbarie de grupos que dicen actuar en protesta por el encarcelamiento de un tal Hasél, ‘rapero’ de profesión y condenado por sentencias firmes a varias penas de prisión como autor de los delitos de enaltecimiento del terrorismo e injurias, obstrucción a la justicia, maltrato de obra, amenazas a un testigo, agresión a un periodista y lesiones. O sea, un individuo con una generosa hoja de antecedentes penales que, como la Audiencia Nacional declaró en la resolución que ordenaba su ingreso en la cárcel, posee un historial delictivo incompatible con el beneficio de dejar en suspenso el cumplimiento de la pena impuesta. 

Los partidarios de Pablo Rivadulla –Hasél es el nombre de guerra– sostienen que lo suyo es un ataque a la libertad de expresión, con olvido, naturalmente consciente, de que no existen derechos absolutos y que, en concreto, el de expresarse en libertad tiene sus límites en el respeto de los derechos reconocidos en la propia Constitución, lo que, en lenguaje paladino significa que hay un principio del que, en sano juicio, jamás debe abdicarse: la razón no está para violentar la razón de los demás o, lo que es igual, que es inadmisible que con la sinrazón se pueda tener razón. Quemar contenedores, asaltar locales comerciales o agredir a los policías encargados de velar por el orden público porque un delincuente es enviado a chirona en cumplimiento de una sentencia judicial, es un subterfugio demasiado tosco, ingenuo e ineficaz. 

Frente a la actitud de algún político irresponsable, con el iracundo vicepresidente segundo y ministro de Asuntos Sociales a la cabeza, quien, por cierto, de un tiempo a esta parte se dedica a poner a la prensa como de chupa de dómine, el presidente Pedro Sánchez, en un plausible intento, aunque, a decir verdad, bastante tardío, de censurar los graves altercados sucedidos, ha declarado que “los disturbios son inadmisibles” y que “la violencia es la negación de la democracia”, con lo cual está enviando a los manifestantes y  a sus promotores el mensaje de que se guarden los adoquines volando, las teas ardiendo y los puños demasiados ligeros, que ese no es el camino que los españoles queremos. No se olvide que la violencia engendra más violencia y es causa de violencia aún más ruidosa y mayor. Pensar lo contrario sólo conduce a dar por buena la ley de la selva que todo Estado de derecho tiene el deber de combatir.

Pero en este asunto hay otro aspecto que bien merece una reflexión. Me refiero a que, viendo las imágenes de los incidentes, sus protagonistas son en su mayoría  jóvenes, que no creo sean producto de la casualidad o de la moda, sino de la existencia de una generación de violentos que han aprendido a serlo en esas escuelas de indoctos como el internet, la televisión o las redes sociales. Creo que llevamos muchos años educando a las nuevas generaciones en la violencia. Salvo excepciones contadas, quienes escriben para los niños lo hacen con el recurso de la violencia, que es algo que siempre ameniza las mentes a los menores. Lo escribió Luis Rojas Marcos con mano maestra: las semillas de la violencia se siembran en los primeros años de vida, se desarrollan durante la infancia y comienzan a dar sus frutos perversos en la adolescencia.

Hoy los tebeos del capitán Trueno o del Jabato, que eran personajes atléticos, didácticos y hasta sentimentales –recuérdese a las bellas Sigrid y Claudia–, han sido sustituidos por los jabatos y los truenos de ordenador, armados hasta los dientes y matando a diestro y siniestro, que actúan como los genios malos de la selva. En esto consiste hoy la cultura para menores, en videojuegos en los que los que se mata virtualmente. Todos los productos coinciden en la pedagogía de la brutalidad y la muerte con rayo láser. El joven violento si lleva en la cabeza toda esa ideología de la fuerza es porque alguien se la ha metido allí con el emblema de que la fuerza en estado puro es poder, como lo es el dinero. Y no nos engañemos: son una plaga, son una tribu, son un montón de majaderos que tiene prisa por consumar su primera hazaña de violencia, que a ser posible, será abrir la cabeza a un policía. Esto es lo te hace un hombre o una mujer de verdad. En su lenguaje, lo que mola, lo que te pone a tope. 

A continuación