En la muerte de Enrique Múgica Herzog ('Tomás Fuenfría')

Iván Vélez

Un par de cámaras de seguridad flanqueaban la entrada a la vivienda de Enrique Múgica cuando la visité una mañana de marzo de 2014. En su interior, la escalera que ascendía al piso superior apenas dejaba paso para la circulación. Tabicas y huellas servían como quebrada librería en la que se apoyaban innumerables volúmenes. Antes de acceder al salón donde se iba a celebrar la entrevista, una bicicleta estática ponía un contenido contrapunto dinámico a la quietud libresca. Con gran amabilidad, Enrique Múgica respondió a todas las cuestiones que le fui planteando durante una conversación muy útil para conocer mejor el periodo histórico en que estaba interesado. Recientemente se ha publicado el fruto de aquel trabajo, en cuyas páginas consta mi agradecimiento a sus atenciones.

El fallecimiento de Enrique Múgica Herzog ha propiciado numerosas necrológicas en las cuales se reconstruye la trayectoria vital de una personalidad muy relevante en la vida política española, razón por la cual en este escrito nos centraremos en el Múgica que se mueve entre los años 50 y 70. O lo que es lo mismo, en ese Múgica que entró en contacto en 1953 con Federico Sánchez, es decir, con Jorge Semprún. Como es sabido, ese fue el año en el cual, mientras en la URSS moría Stalin, España veía cristalizar sus pactos con el otro protagonista de la Guerra Fría. En ese contexto, según confesión de quien perteneciera a una acomodada familia donostiarra dedicada al negocio de la peletería, al domicilio del joven Enrique comenzaron a llegar revistas procedentes de Francia, tras las cuales operaba un PCE que ya había comenzado a virar. En aquel San Sebastián, Gabriel Celaya fue quien conectó a Múgica con el Partido, que, un año más tarde, cuando se cumplían 15 del final de la Guerra Civil, hizo público su Mensaje del Partido Comunista de España a los intelectuales patriotas, escrito en el cual se explicita el aperturismo de una formación que se irá desestalinizando a marchas forzadas, en sintonía con lo que ocurría en Moscú.

Múgica llegó a Madrid, para estudiar en la Facultad de Derecho, en el curso 1953-54. En un mundo universitario marcado por un SEU en el que convivían diversas corrientes ideológicas, se dispuso a integrarse en ese ambiente. En la capital, gracias a Eduardo Ducay, conoce a Semprún y comienza a moverse en los ambientes literarios, preferentemente poéticos, atmósfera donde era más sencillo el ejercicio de la crítica política, al amparo de la metáfora. Múgica se relaciona con activistas izquierdistas y falangistas como Francisco Eguiagaray en el Hogar José Miguel Guitarte, local habilitado en honor al líder del SEU y divisionario que le daba nombre. Se trataba, en definitiva, de practicar un entrismo muy diferente al que se estaba llevando a cabo en los ambientes obreros. En este caso, los agentes de tal estrategia eran hombres como Celaya, Blas de Otero o Bardem, compañeros de viaje en la vía intelectual que desembocó, en el caso de Múgica, en el contacto con Pedro Laín y Dionisio Ridruejo. Con el primero, según la confesión de aquella mañana, se fingió liberal, mientras que con Dionisio las cosas fueron más fáciles. Al cabo, el de Burgo de Osma ya acusaba una incipiente democratización, si bien "conservaba los restos del falangismo, sobre todo en la prosa". Como era habitual en la época, aquellos colectivos se reunían alrededor de revistas. En este caso, de Alcalá.

Establecidos estos vínculos, Múgica permanece vinculado al grupo que hizo público el Manifiesto a los universitarios madrileños, probablemente redactado por Miguel Sánchez-Mazas Ferlosio, publicado el 1 de abril de 1956, es decir, días antes de que, durante el XX Congreso del PCUS, Kruschev pronunciara, ante miles de personas, el Discurso secreto, que abundaba en la desestalinización soviética por la vía, entre otras, de la eliminación del culto a la personalidad. El propio Múgica, que fue detenido junto a algunos compañeros de algaradas universitarias –"jaraneros y alborotadores" se les llamó desde la oficialidad–, subrayaba que en aquellos episodios convivían hijos de vencedores y de vencidos. De extracción burguesa, añadimos nosotros. Con Ortega como elemento –liberal– cohesionador, de este grupo, que rápidamente salió de Carabanchel, a excepción de Julián Marcos, autor de un soneto contra Franco, surgieron algunos de los nombres que marcaron el panorama político español. Por lo que respecta a Múgica, que abandonó el sector elitista del PCE en 1963, su vínculo con Pedro Laín Entralgo, primer presidente del Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura, se mantuvo. De hecho, él fue el autor de un artículo publicado en el primer número de la revista comunista Nuestras Ideas, editada en Bruselas. El texto se tituló "Los pasos de Pedro Laín Entralgo por el camino de España".

Su lógico paso al PSOE se produjo de la mano de un histórico, Antonio Amat. Es a partir de entonces cuando su papel político fue más relevante, pues, junto a gentes como Ramón Rubial y Nicolás Redondo, fortaleció el papel del PSOE del interior, aquel en quien la socialdemocracia alemana puso sus ojos, y sus marcos, para que el del exilio, el de Rodolfo Llopis, decayera en favor de una organización que hizo la transición del comité nacional al federal.

Cuatro años después de que ETA asesinara a su hermano Fernando, Múgica, nombrado Defensor del Pueblo, se dio de baja –requisito indispensable para ocupar ese cargo– del entonces partido del puño y la rosa. Su alejamiento definitivo del PSOE se produjo cuando Zapatero entró en tratos con el brazo político de la banda terrorista. Desde entonces, su actividad en favor de las víctimas de ETA fue tan notoria como meritoria.

Sirvan estas líneas como homenaje al hombre que nos ha dejado.

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