Israel: 70 años extraordinarios

Isaac Querub Caro

El pasado 20 de abril, el columnista del New York Times, Bret Stephens, celebraba el aniversario de Israel elogiando el "poder judío" durante 70 años; mostraba como mayor logro de Israel haber servido de refugio para todos los judíos del mundo. El nacimiento de Israel encuentra explicación en la necesidad de que los judíos tuvieran un hogar. Es cierto; y Stephens tiene razón, pero sólo en parte.

Tras estos 70 años, el poderío militar y la defensa de los judíos allá donde corrieran peligro son insuficientes para explicar Israel. Israel es también, y principalmente, educación, libertad, igualdad, diversidad, esperanza, progreso ante las dificultades, independencia judicial, innovación tecnológica, disciplina y veneración por la vida, la cultura y el arte.

Es también la lucha diaria de sus ciudadanos por defender su régimen de libertades en un océano de despotismo y barbarie. En siete décadas, Israel no ha sufrido nunca una regresión autoritaria, nunca ningún dirigente ha estado por encima de la ley.

En este tiempo, un suspiro en la historia, Israel ha elevado el valor cotidiano de llevar sobre las espaldas el legado de miles de años basado en la erudición y en el estudio; en comprender el mundo que nos rodea, y luchar cada día por convertirlo en un lugar mejor. En este sentido, Marcos Aguinis dijo acertadamente que a Israel le obligaron a ser Esparta, pero nunca renunció a ser Atenas.

Israel es un país carente de recursos naturales, con una extensión similar a la de Galicia, rodeado de enemigos dispuestos a borrarlo del mapa, sometido a guerras y a oleadas de terrorismo indiscriminado y, pese a las adversidades, sus ciudadanos han sabido hacerlo crecer y prosperar.

Los israelíes no tenían nada salvo sus manos y su intelecto, y lo han puesto en movimiento durante estos 70 años. Mientras sus vecinos, con enormes recursos, han ahogado el bienestar de sus ciudadanos en corrupción, fanatismo religioso, mentiras, discriminación, populismos, demagogia y tiranías, los israelíes han trabajado abnegadamente por hacer de su país un lugar mejor en Oriente Medio.

Todo ello no se consigue exclusivamente con un poderoso ejército y unas eficaces fuerzas de seguridad. Golda Meir, quien fuera primera ministra de Israel en una época en que era difícil que una mujer ostentara puestos de poder político, fue clara a este respecto: "No nos regocijamos en victorias. Nos regocijamos cuando se cultiva un nuevo tipo de algodón y cuando florecen las fresas". Hoy, esas fresas son Waze, el USB, el Iron Dome, la PillCam, el Copaxone, y todos los demás avances que, con Israel como denominación de origen, están mejorando nuestras vidas. Las de todos.

Ha sido la veneración religiosa y milenaria por la educación, el compromiso con unos valores universales —los que hoy llamamos valores judeocristianos—, y el amor incondicional a una herencia común, los factores clave por los cuales hoy celebramos 70 años extraordinarios.

La educación, pues, ha sido una de las claves del éxito de Israel. Y será, también, la piedra Rosetta del advenimiento de la paz. La educación en el respeto por el prójimo, la libertad, la convivencia, la igualdad y la justicia –valores compatibles con el Islam bien entendido– es la asignatura pendiente para los palestinos y para todos aquellos que aún sueñan con borrar a Israel del mapa.

Una paz justa, duradera y estable será posible cuando la palabra tenga más valor que la espada, cuando el amor por los suyos supere el odio por los otros y cuando la aspiración por un futuro mejor eclipse a los falsos profetas del terror y la sangre.

La educación, el afán de hacer un mundo mejor y la convicción de que siempre se puede progresar seguirán siendo las fuerzas motoras del éxito israelí, y como predijo Theodor Herzl, fundador del Sionismo político medio siglo antes de la fundación de Israel: "Todo lo que intentemos lograr para nuestro propio bienestar repercutirá con fuerza y de forma beneficiosa a favor de la Humanidad".

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