¿'Crimen y castigo' o 'Humillados y ofendidos'?

Ignacio Gomá

El 23 de septiembre del año pasado escribía en este medio un artículo que se titulaba "¿Es la independencia o seguir mandando?" y en el que ponía sobre la mesa mis dudas sobre la intención de toda esta deriva independentista, al menos en la parte que se refiere a los que la lideran. Es evidente que sería excesivamente simplificador pensar que todos los actores de este sainete con ascendente drama tienen las mismas intenciones, pero parece bien traída la teoría (una teoría parsimoniosa, que dicen los politólogos, porque explica muchas cosas con pocos elementos) de que de lo que se trata es de ir dando pequeños pasitos, realizar pequeñas o grandes provocaciones cuyo objeto, más que molestar a los españoles y al Estado, es mantener una llama emocional en la que se pueda moldear, cual herrero el hierro incandescente, el sentimiento de la ciudadanía catalana, manteniendo el poder de una manera u otra todo el tiempo que sea posible hasta que pueda abandonarse sin peligro, en una huida hacia delante de tal calibre que a sus oponentes más les valga ceder que enfrentarse, en la creencia de que las soluciones que realmente se abren son sólo dos: o lograr la independencia u obtener unas concesiones tales que permitan a los dirigentes aparecer ante la opinión pública como triunfadores, por lo que tendrían siempre una carta ganadora.

Y todo ello contra la ley, por supuesto, pero también contra la lógica y la aritmética, porque ni el pseudorreferéndum significaba nada ni las elecciones pseudoplebiscitarias han proporcionado más resultado que la evidencia de que la mayoría de los catalanes no está a favor de la independencia, y que la sociedad catalana es una sociedad profundamente dividida, lo que no es óbice para que la minoría se decida a emprender caminos sin regreso como si fuera una victoria indiscutible.

El penúltimo acto de esta tragicomedia es la votación del inicio de la desconexión por el Parlamento catalán, que, haciendo buena mi teoría parsimoniosa, va inmediatamente seguida de una alocución del presidente Mas en la que en definitiva viene a decir que de lo acordado no hay nada si él no sigue de presidente, porque sin su investidura "el proceso quedará encallado, si no hay sintonía entre el timón y las velas, este velero no podrá navegar", como ha alegado, en burda metáfora.

Estas interpretaciones en clave política que hago están muy bien para comprender las cosas y para desdramatizar las consecuencias que pueden derivarse de ellas, en cuanto pareciera que una vez solucionado el problema coyuntural de política-de-regate-corto quedará desactivado el problema de fondo. Pero no es así, y regodearse en teorías a corto como explicación y en formalismos burocráticos como solución es muy peligroso. Primero, porque, una vez infectado el cuerpo, las consecuencias de la infección no son fácilmente predecibles y la semilla irresponsablemente sembrada tiene ya, previsiblemente, vida propia.

Lo segundo que hay que decir es que esa interpretación política desdramatizadora tiene el inconveniente de que tiende a retrasar las decisiones, esperar vientos favorables y hacer valoraciones políticas a corto plazo echando mano simplemente de la formalidad. Como recientemente yo mismo ironizaba en un tuit:

Me han robado la cartera, pero estoy muy tranquilo porque el Consejo de Ministros va a conseguir que el TC lo declare ilegal.

Lo tercero es que con todo ello se olvida un tercer factor, que a mi modo de ver es el más importante, que es el de cómo se siente el ciudadano normal, ese que paga sus impuestos, ejerce sus derechos y cumple sus obligaciones y tiene un razonable respeto a la ley y a la legalidad vigente y, con más o menos intensidad, siente un cariño comprensible a su tierra y a su país, y que no acaba de comprender por qué tiene que estar soportando un día sí y otro también no sólo la afrenta que representa el sentirse negado y rechazado por un planteamiento político que, en el fondo, y muchas veces expresamente, te está diciendo no que sea distinto a ti, sino que es mejor que tú, sino, sobre todo, que tenga la chulería de decirte a la cara que lo va a hacer quieras o no, lo diga la Constitución o no lo diga, porque, como resultaba de las declaraciones que evacuaba el otro día la señora Forcadell, el Gobierno "no se atreverá" a aplicar la ley porque, a su juicio, "delante del mundo, el Estado español se retrataría, eso lo debilitaría, y, en todo caso, favorecería a Cataluña".

Y ello no lo digo porque vaya a generar una reacción de chulería similar que pueda desembocar en algo grave; no lo creo porque hay que reconocer que el ciudadano español ha hecho gala de una corrección y de una paciencia infinitas, sino porque, simplemente, tiene derecho a que las leyes se apliquen y se siente justamente agraviado comparativamente si ve que las leyes se aplican en unos casos sí y en otros no. Si queremos que el ciudadano conserve su confianza en el sistema, es necesario que el sistema cumpla su parte del trato.

Dostoievski, uno de mis autores favoritos, escribió dos obras que vienen que ni pintadas para la situación catalana actual: Crimen y castigo, una profunda novela sicológica en la que el estudiante Raskolnikov tiene la firme creencia de que los fines humanitarios (léase aquí patrióticos) justifican el crimen pero que, al final, acaba confesando y expiando su crimen con sufrimiento; y Humillados y ofendidos, en que los personajes, afectados por una especie de fatum inevitable, encadenan desgracias y sufrimientos. Aunque me queda poca reserva de confianza en ellos, quisiera pensar que nuestros dirigentes serán capaces de percatarse de que esta cuestión no es ya una cuestión de Derecho Político, Administrativo o incluso Penal, sino sobre todo de dignidad y respeto al ciudadano que paga sus impuestos y vota, que no quiere sentirse humillado y ofendido y que no quiere crimen sin castigo.

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