¿A quién tienen que estar más agradecidos los autores del 11-M?

Guillermo Dupuy

Que los terroristas quieran castigar una política y deseen cambiarla mediante el derramamiento de sangre es algo tan consustancial a su naturaleza como lo es a la democracia que un partido de la oposición pretenda ese relevo a través de una elección pacífica. Ahora bien, lo que no había tenido precedente hasta el 11 de marzo de 2004 es que la oposición supuestamente democrática de este país utilizara la violencia desatada por los terroristas como baza electoral contra su principal adversario político.

No hubo acoso a ninguna herriko taberna. Tampoco lo hubo a ninguna mezquita o centro islamista que pudiera ser sospechoso de simpatizar con el criminal yihadismo. Jamás en la historia de nuestro país la lógica y comprensible ira ciudadana provocada por un atentado terrorista había sido tan vil y exitosamente desviada por parte de los partidos de la oposición y por sus medios de comunicación contra el partido que, en ese momento, ostentaba el Gobierno. Ese constituyó siempre el sueño jamás logrado de ETA, como lo hubiera sido de cualquier otra organización terrorista. Pero de hacerlo realidad se ocuparon de forma machacona y sistemática Prisa y los partidos de izquierda, aunque aquello supusiera hacer el juego al objetivo político por el que los autores del 11-M, fuesen galgos o podencos, habían perpetrado la matanza.

Se tuvo constancia de que miembros de diversas organizaciones terroristas, tanto de ETA como de naturaleza islamista, celebraron aquella repugnante campaña mediática, gracias a la cual se llegó a acosar las sedes del PP y a violar la jornada de reflexión. Es lógico que la celebraran, pues sin semejante campaña mediática el 11-M jamás habría logrado su ansiado efecto político en las elecciones generales que se celebrarían tres días después.

Hoy, más de diez años después de aquellos ensangrentados días de infamia, el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, se ha jactado de que el mensaje de móvil que sirvió para cercar la sede del PP el 13 de marzo, en plena jornada de reflexión, se "gestó" en su facultad, por parte de un "grupo de gente" que estuvo pensando cómo generar esa movilización.

Teniendo presente la naturaleza totalitaria del partido de Pablo Iglesias, no me extraña la participación de este en los hechos. Pero no es menos cierto que la infame convocatoria fue amplificada por Rubalcaba desde la sede del PSOE y por la cadena SER, en la que entonces la estrella era Iñaki Gabilondo. Es más, Gabilondo siempre presumió de su papel en aquellos días entre los atentados y la victoria de Zapatero, y recibió un Premio Ondas a pesar de que la SER informó, falsa y reiteradamente, de que había "terroristas suicidas con varias capas de calzoncillos" citando a "tres fuentes distintas de la lucha antiterrorista".

No menos vergonzoso resulta el ataque de celos que han generado en el PSOE e IU las palabras de Pablo Iglesias en las que este se ha atribuido el protagonismo en unos hechos que deberían cubrir de vergüenza a todos ellos.

Yo no sé a quién de ellos deben estar más agradecidos los criminales del 11-M por su decisiva colaboración a la hora de lograr, en sólo tres días de movilización y de propaganda, que el asesinato de 192 personas y las heridas de otras 1.858 se tradujeran en una derrota electoral que no auguraba ninguno de los sondeos publicados con anterioridad a dicha matanza. Que sean ellos los que compitan por el dudoso honor de merecer semejante agradecimiento.

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