Selección española: todavía no hemos ganado nada

Guillermo Domínguez

Hay que rendirse a la evidencia: la selección española firmó anoche uno de sus mejores partidos –si no el mejor– de la era Luis Enrique. Y lo hizo, además, ante un rival de mucha entidad como Italia, la campeona de Europa, y en un escenario colosal como es el Giuseppe Meazza, donde el equipo transalpino no perdía desde 1999. Palabras mayores. Una primera parte primorosa por parte de los visitantes, que consiguieron la ansiada vendetta ante un equipo, el de Roberto Mancini, que llevaba una racha de 37 partidos sin perder, habiendo besado por última vez la lona en septiembre de 2018 frente a Portugal. Se dice pronto…

El acierto goleador de Ferran Torres –12 tantos en 21 encuentros con la selección absoluta–, que se asoció a las mil maravillas con ese portento llamado Mikel Oyarzabal –un delantero que lo tiene todo–; el descubrimiento de Gavi y Yeremy Pino, a quienes el supuesto hándicap de la juventud no les amedrentó a la hora de batirse el cobre con sus rivales italianos, disciplinados tácticamente a la par que poderosos en el apartado físico; sin olvidar el partidazo de Marcos Alonso, que después de lo visto en San Siro muchos seguimos sin entender por qué no ha ido con más asiduidad a las convocatorias de la selección absoluta...

Muchas noticias positivas anoche en la capital lombarda, donde España sacó galones y demostró que no estaba muerta, sino simplemente de parranda. Es cierto que la selección ha alcanzado su primera final en un torneo con Luis Enrique al mando, sin olvidar que llegó hasta semifinales en la pasada Eurocopa, pero todavía hay muchas cosas que pulir. Por mucho que el rival sea Italia, toda una tetracampeona del mundo, no puede (o no debe) permitir que se meta en el partido un rival que jugó toda la segunda parte con diez. Con la lesión de Ferran Torres, España perdió la mayor parte de su arsenal ofensivo y ni Bryan Gil ni Yeremy, pese a sus destellos de calidad, aportaron soluciones de cara al marco rival. Hablando en román paladino: faltó el tercer gol que nos ahorrase tanto sufrimiento antes del 1-2.

Desde su llegada a la selección en julio de 2018, Lucho ha querido erigirse en el líder indiscutible del equipo, y más cuando ha decidido apartar a Sergio Ramos de su camino, ayudado (dicho sea de paso) por las circunstancias en forma de lesiones. Ha dejado su sello y ha establecido un modelo de juego bastante reconocible: dominar los partidos mediante la posesión del balón y, cuando no lo tiene, adelantar líneas y presionar arriba para tratar de recuperar la pelota lo más arriba posible. Podrá salir mejor o peor, pero lo cierto es que el estilo es innegociable para el técnico asturiano y sus ayudantes.

Quiero decir con esto que Luis Enrique, a quien le siguen fallando las formas –representa a la selección de un país con 47 millones de habitantes– pese a que tiene más razón que un santo en el fondo –no me cabe la menor duda de que sabe más de fútbol que la gran mayoría de mortales–, todavía no ha ganado nada, por mucho que España venciera anoche a Italia en Milán o hace un año le metiera seis goles a Alemania.

La selección ya está en la final de la Liga de las Naciones, que no es asunto baladí por mucho que muchos se empeñen en llamarla Trofeo Mirinda –como he leído en Twitter–, pero aún tiene trabajo por delante, con el Mundial de Qatar a poco más de un año vista. España todavía no ha ganado nada, insisto, aunque puede hacerlo el domingo frente a Bélgica y Francia. Sólo espero que Luis Enrique me calle la boca y eche por tierra estas líneas. Es lo que deseamos la mayoría de mortales que sabemos menos de fútbol que el asturiano, aunque, como él, todos llevamos un seleccionador dentro...

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