En la muerte de Manolo Santana: adiós al mito que dio vida al tenis español

Guillermo Domínguez

Los más jóvenes sólo lo conocerán por el nombre que luce en la pista central de la Caja Mágica. Sin embargo, antes que los Rafa Nadal, David Ferrer, Moyá, Ferrero, Bruguera, Garbiñe, Conchita Martínez o los hermanos Sánchez Vicario, por citar sólo algunos de los tenistas más destacados de nuestro país, hubo un tal Manuel Santana Martínez que se dedicó a empuñar la raqueta y levantar trofeos por todos lados del mundo, portando orgulloso la bandera de España.

Manolo Santana, nacido en Madrid en plena Guerra Civil (10 de mayo de 1938), vivió pegado a una raqueta. Empezó siendo un humilde recogepelotas en el club Velázquez de Madrid –donde actualmente están las oficinas de Iberia– para acabar siéndolo todo en el tenis español. Un auténtico pionero del deporte patrio, como Severiano Ballesteros lo fue en el golf, Fernando Martín en el baloncesto, Ángel Nieto en el motociclismo o Paquito Fernández Ochoa en el esquí.

Con cuatro títulos de Grand Slam en su palmarés (dos Roland Garros, un US Open y un Wimbledon), Santana fue número uno del mundo en 1965, poco antes del inicio de la Era Open, y tras colgar la raqueta fue promotor y capitán del equipo español de Copa Davis, además de director y presidente de honor del Mutua Madrid Open. Triunfaba Manolo por todo el planeta justo coincidiendo con la irrupción de otro genio de la raqueta como fue Andrés Gimeno.

Rod Laver, uno de los mejores tenistas de la historia y uno de los dos únicos jugadores que ha ganado los cuatro torneos de Grand Slam en un mismo año –el otro es Don Budge–, decía de Santana que "era un mago en la tierra batida, golpeaba la bola a los ángulos más increíbles, te volvía loco con sus globos y dejadas. Y mejoró tanto su volea que era peligroso también en hierba. Me ganó fácilmente un par de veces en Europa, haciéndome saber que tenía mucho que aprender sobre la tierra batida". Palabras mayores, sobre todo viniendo de quien vienen…

También Juan Antonio Samaranch, quien fuera presidente del Comité Olímpico Internacional durante más de dos décadas (1980-2001), se rendía siempre a la figura de Manolo, destacando "la importancia que tuvo para el tenis español el fenómeno Santana". "Siempre he dicho que la organización deportiva de un país es como una pirámide, con muchos deportistas en la base de la cual surgirá, en la cúspide, y sin duda alguna, el campeón, el medallista. A este tipo de pirámide hay que añadirle otra invertida, que es la creación, aunque sea artificialmente, del campeón, para que en la base surjan miles de practicantes atraídos por sus triunfos. Este ha sido Santana, la cúspide invertida de la pirámide (…) que fue el promotor de la construcción de miles y miles de pistas de tenis e impulsor de decenas de miles de practicantes en nuestro país. Su nombre está escrito en letras de oro en el libro de honor del deporte español", escribió Samaranch en el prólogo de Un tipo con suerte, el libro de memorias de Manolo Santana, un auténtico fenómeno deportivo en España, pero también social, en las décadas de los 60 y los 70 en España.

Hasta el triunfo de Conchita Martínez en 1994 y de Rafa Nadal en 2008, Manolo Santana era el único jugador español que había conseguido ganar el torneo de Wimbledon, aunque en categoría amateur.

Su contribución al mundo del tenis ha sido impagable. Hace algunos años —creo que allá por 2013, en plena efervescencia del fenómeno Nadal— coincidí con Santana en un acto organizado por el diario Marca y tuve la ocasión de preguntarle por el mundo del tenis y por Rafa en concreto. Rápidamente me puso Manolo en mi sitio —a ver quién era el guapo que le tosía—, dando muestras de los amplios conocimientos que tenía del tenis. Un deporte donde lo ha sido todo y que, sin lugar a dudas, ha mejorado gracias a la aportación de Santana desde que comenzara siendo un recogepelotas hasta su muerte, este sábado en su casa de Marbella, a los 83 años de edad.

Descanse en paz Manolo Santana. El tenis pierde a una de sus grandes leyendas, pero su legado se mantendrá imborrable con el paso del tiempo.

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