El próximo año, en La Habana

Gonzalo Altozano

Durante años, las agencias de viajes tuvieron un infalible detector de gilipuertas, que se activaba con todas sus luces y alarmas cuando el cliente mostraba su deseo de visitar Cuba "antes de que muera Fidel". La frase, más que un deseo, expresaba la reconversión de la tierra más maravillosa que ojos humanos vieron, como la llamó Colón, en parque temático del derrumbe y la cochambre. Se ve que, para un incontable número de tontos, la idea de autenticidad de un pueblo tiene que ver con doblar una esquina y no encontrarte un McDonalds o un Starbucks. Aceptaríamos barco como animal acuático siempre que, tras esa misma esquina, uno se diera de bruces con la posibilidad y la aventura de una vida mejor. Pero es que ya ni eso.

De los muchos cargos de los que la Historia acusará a Castro –ese hijo de siete mil putas, por referirnos a él en los términos en que Lola Flores se refería a Manolo Caracol– está el de haber condenado al cubano medio a que, a lo largo de la vida, no le pase nada digno de mención. O peor todavía: que acciones que en cualquier lugar del mundo libre tienen la consideración de lo cotidiano, como comprar un rollo de papel higiénico, en la Isla alcancen la consideración de decimotercer trabajo de Hércules. Por eso el verbo que mejor resume las fatigas y los días de los cubanos es resolver, que a este lado del Imperio podríamos traducir como "buscarse la vida".

¿Que cuándo se pararon los relojes en Cuba? No fue en enero de hace sesenta años, cuando Fidel y sus barbudos entraron triunfales en La Habana, con el firme propósito y la reserva mental –los Castro, desde luego– de casar a la Revolución con la mentira y la pobreza. El país todavía porfió unos años por transitar con la cabeza bien alta los caminos de la Historia. Así, el primer clandestinaje urbano, la guerra silenciada del Escambray, Bahía de Cochinos y los alegres muchachos de la Brigada 2506, los mil y un planes para liquidar a Castro, el éxodo del Mariel… Episodios todos que demuestran que, de tener la Historia una dialéctica, no sería la que enfrenta a las clases sociales –ni, como se pretende ahora, a los sexos– sino a la libertad con la tiranía.

En Cuba se impuso esta última. Y de manera aplastante, nunca mejor dicho. Fue, eso también es verdad, una victoria pírrica. La prueba es que no se sabe de un solo balsero que haya arriesgado la vida, la magra hacienda y la libertad, por huir de los Estados Unidos rumbo a Cuba, y sí miles que se lanzaron a la epopeya en sentido contrario, dando lugar a montones de casos de éxito.

Lo que en cualquier otro tiempo y lugar solo hubiera encontrado acomodo en la ucronía (esto es, lo que pudo haber sucedido y no sucedió), en la Cuba del último medio siglo se ha verificado en la ciudad de Miami, auténtica capital de la Cuba perdida en el exilio. El milagro de su skyline temblorosamente reflejado en la bahía de Brickell no habría sido posible sin generaciones y generaciones de cubanos que demostraron la pasta de la que están hechos cuando se les deja jugar en igualdad de condiciones, sin reglamentos trucados. Protagonizar a escasas cien millas la próspera continuidad histórica que les negaron en su propia patria no habría sido posible sin la secreta esperanza –aplazada 1 de enero tras 1 de enero, y así sesenta veces– de que el próximo año, ese sí que sí, en lugar de la deprimente conmemoración del sueño de un loco furioso, se curarían para siempre de la melancolía del exilio celebrando por todo lo alto la llegada del año nuevo en La Habana.

¡Y que viva Cuba libre!

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