Cañamero, Rufián y Bassi en el ambigú republicano

Gonzalo Altozano

El local, el del Ateneo Republicano de Vallekas, parece de otro tiempo y de otro país, en concreto, el tiempo y el país de la Transición. De hecho, el sitio diríase la localización de interiores de la serie aquella con la voz de Victoria Prego en off. La composición de lugar –los bajos de un bloque de viviendas– traerá a la cabeza de los socios de más veteranía memorias de la lucha vecinal. Recuérdese que las comisiones obreras –cuando eran en minúscula, con artículo y no pesaba sobre ellas el lastre de los eres, los cursos de formación y las mariscadas– se organizaron en bajos como este o como los de la no muy lejana, geográfica y políticamente, San Carlos Borromeo, la parroquia roja. Y, sin embargo, el Ateneo no data de cuando la Transición, sino que apenas tiene diez años recién cumplidos. Y se supone que es con un propósito conmemorativo que se ha hecho coincidir el aniversario con la Semana Cultural Vallekana, donde este año se ha dado cita lo más rutilante del star system de la izquierda, como Cañamero y Rufián o, rebajando el nivel y el caché, Leo Bassi.

Pequeña república autogestionada

Pero antes de ponerle un poco de narrativa al programa de intervenciones toca detenerse a las puertas del ateneo, flanqueadas por algunos socios. Los periodistas no son bienvenidos, o no todos los periodistas, no desde luego los de derechas, sin que ablande a los de la entrada el que uno engrose las filas de la famélica legión de los freelance. Vaya por delante que, mientras no se demuestre lo contrario, el Ateneo Republicano de Vallekas es un espacio autogestionado con las cuotas de sus socios y que estos están igual de legitimados que los del Real Club Puerta de Hierro para reservarse el derecho de admisión. No fue, sin embargo, necesaria semejante profesión de fe en la propiedad privada y sus encantos para vencer la resistencia de los de la entrada, que si finalmente dejaron el paso libre fue porque les dio la soberana gana y punto.

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Gente con clase… obrera

Así, como gente con clase, gente con clase obrera, se definían los miembros de otro ateneo, este libertario, el Eliseo Reclus de Jerez de la Frontera. Sirva la etiqueta también para los socios del de Vallecas, vecinos todos del barrio o, más que eso, patriotas, que, en buena lógica, el barrio debiera ser el primer círculo concéntrico del patriotismo; lástima que la suma de este y los demás círculos no tengan siempre como resultado España, sino en ocasiones un interminable memorial de agravios. Pero de esto se hablará luego. Seguíamos en el interior del Ateneo, cuya economía de recursos relega al terreno de lo absurdo la conjetura de que esto también se financia con las migajas del oro de Moscú, los petrodólares bolivarianos o las plegarias de los ayatolás.

Una flor de lis en la camisa

Ojo, que nada de lo anterior significa identificarse con unos planteamientos políticos que no han resistido el examen de la historia, como tampoco es ejercitar el buenismo –la banalidad del bien– dejarse invitar a algo en el ambigú de socios por el presidente del Ateneo, un señor encantador, todo hay que decirlo. Cuánto color le hubiera dado a la croniquilla esta destapar, no sé, que con los botellines vacíos de cerveza Pasionaria que aquí se consume fabrican los bukaneros del Rayo cócteles molotov. Pero es que no es verdad. Qué le vamos a hacer si la realidad raramente supera a la ficción y al final uno siempre se queda con las ganas de llevar a la práctica el consejo aquel de Cela para pasar inadvertido en situaciones de alarma, guerra y excepción: pon cara de tonto, no mires a nadie y pégate a una vieja. Porque es que no hizo falta. Así, lo más excitante fue la contemplación de un guillotina –de atrezo, entiéndase, y de pésimo gusto, eso también– y sentirse como el héroe de La Pimpinela Escarlata, y todo por llevar una camisa con una flor de lis en la etiqueta. Claro que tampoco se trataba de revivir ensoñaciones de la niñez, sino de tomar notas y luego con las mismas parir algo parecido a una crónica.

De la cartilla agraria al acta de diputado

La semana grande vallecana la abrió Diego Cañamero, el discípulo amado de Diamantino García Acosta, el cura Diamantino, aquel histórico del sindicalismo andaluz del campo que ocupaba los latifundios a los terratenientes. Parece Cañamero una fuerza de la naturaleza como surgida de la tierra, la misma que lleva trabajando desde muchacho, tal como acreditan sus cuarenta y cinco años cotizados a la Seguridad Social. Pero Cañamero ya no gasta cartilla agraria; ahora luce acta de diputado podemita por Jaén. Nada más tomar posesión de su escaño quiso el hombre renunciar a su condición de aforado, lo cual dice mucho de su temeridad, no en vano acumula incontables detenciones y tiene varios juicios pendientes, detenciones y juicios las más de las veces por delitos y faltas contra el orden público, odioso arcaísmo burgués, a lo que parece. La cosa es que lo del aforamiento no pudo ser, pero sí la renuncia a los mil y un privilegios del diputado.

El contribuyente, su bolsillo y el dinero

Ahora bien, no es que Cañamero haya cuantificado el coste de tales privilegios y lo haya reintegrado a las arcas públicas, como sería de esperar en un hombre de izquierdas como es él. No es eso, qué va. Ni tampoco es que se haya quedado con el importe. Lo que será es que el dinero tiene pensado destinarlo a las causas que considere dignas y justas, necesarias y saludables. Lo cual no deja de acudir en auxilio de la tesis según la cual la desconfianza del hombre frente al Estado está inscrita en el corazón de todos, incluido el de Cañamero, quien al conducirse así parece hacer suya, de alguna manera y sin querer, la célebre frase de Margaret Thatcher, esa que dice que el dinero del contribuyente donde mejor está es en su bolsillo.

Por seguiriyas y olé

Cañamero, con ese empaque suyo tan de cantaor protesta, se confundía con el paisaje y el paisanaje del Ateneo. Téngase en cuenta que el desarrollismo vallecano fue obra, en parte, en buena parte, de los inmigrantes andaluces. Eso explica que una de las actividades más demandadas por los socios sea el flamenco, en todos sus palos o variantes. De hecho, viéndolo en el escenario, iluminado solo por un foco, sentado en una silla, con un micrófono de esos de pie, parecía que el invitado iba a arrancarse de un momento a otro con una seguiriya contestataria. Todo esto, más los carteles de las paredes, daba al local un aire de casa regional –politizada, eso sí– en la que tampoco desentonaba, más bien lo contrario, el siguiente ponente de la lista, hijo y nieto al fin de la inmigración andaluza, y con un parecido razonable con el cantaor Miguel Poveda: Gabriel Rufián.

Rufián, telonero de sí mismo

La primera intervención parlamentaria de Rufián, allá por marzo, fue saludada como el nacimiento de una estrella. Y de entonces acá su señoría no ha hecho sino crecerse, venirse arriba. Volvió a hacerlo el otro día en el Ateneo, donde no solo hizo de ponente, sino también de telonero de sí mismo. La cosa es que tenía lío en el Congreso y llegó hora y media tarde a la cita, espera que fue amenizada con la proyección de sus mejores youtubes, como ese de la fallida sesión de investidura en la que el joven Rufián se dirige al señor Rajoy, al señor Sánchez y al señor Ibex. Lo que en su día fue comentado con interminables emoticonos llorando de la risa en los smartphones de la derecha, ahora también es saludado con grandes carcajadas en el Ateneo, solo que con un pequeño matiz preposicional: en Vallecas no se ríen de Rufián, en Vallecas se ríen con Rufián.

Ni un selfie con Lerroux

Así, a bote pronto, no se comprende que un discurso como el de Rufián, compañero de viaje –le guste o no– de los burguesazos de Convergencia, cale en un barrio obrero como este. Una de las posibles claves quizás haya que buscarla al comienzo de la crónica, cuando se apuntaba que el Ateneo parecía como sacado de la Transición, pero solo en lo tocante al papel que en aquel entonces jugaron los movimientos vecinales. Porque no parecen reconocerse los socios del local como herederos de todo aquello, en todo caso como los perdedores. Por eso aquí no se está por la reconciliación, sino por la ruptura. Por eso se habla de la necesaria liquidación del régimen del 78. Por eso la izquierda madrileña y suburbial ha incorporado a su discurso etiquetas como la del Estado Español, como si la historia y el día a día de los españoles únicamente se desarrollaran en los pasillos y despachos de los ministerios (y del Ibex 35, claro). Por eso, en definitiva, los jóvenes republicanos no están en el lerrouxismo sino en guardar fila para hacerse un selfie con Rufián.

Y Bassi no llenó

Preveían los del Ateneo lleno total con Cañamero y Rufián y acertaron de pleno. Lo mismo que con Carlos Sánchez Mato, concejal podemita de Hacienda del ayuntamiento carmení. Por eso se señalaron sus nombres en el programa con un asterisco, a modo de aviso de que la entrada sería libre hasta completar el aforo, y el que viniera detrás arrease y se quedara de pie o fuera. Nada de esto hizo falta con el resto de ponentes, entre ellos, Leo Bassi, quien no abarrotó la sala.

La gracia en salva sea la parte

Bassi tituló su ponencia "El espíritu laico y el Paticano", solo que haciendo uso de una inveterada costumbre muy del conferenciante tipo, habló casi de cualquier cosa antes que del tema anunciado. Habló, sobre todo, de sí mismo, de su vida. Y, sí, un poquito, al final, sobre el espíritu laico y el invento ese del Paticano. Pero vayamos por partes, como Jack el Destripador. Bassi desciende humorísticamente de una larga estirpe de payasos. Y esto hay que entenderlo en el mismo sentido, por ejemplo, en que Máximo Pradera desciende intelectualmente de su abuelo Víctor y de su padre Javier; o sea, haciendo hincapié en lo de desciende. El pobre Bassi tiene la gracia en salva sea la parte, o eso le parece al cronista este y no sé si también al público, que se reía, de acuerdo, solo que con menos ganas que con las salidas –algunas ciertamente divertidas, a qué negarlo– de Cañamero y Rufián.

Niño rico, niño pobre

Y, sin embargo, la vida de Bassi reviste cierto interés, claro que qué vida no lo hace. De la del italiano uno se queda con su infancia ambulante en un circo, fantasía de todo niño agobiado el domingo por la tarde ante la perspectiva de una semana de deberes por delante. El problema, como en cualquier relato autobiográfico, son los detalles de embellecimiento personal, como cuando Bassi contó que siendo un niño pobre le robó la merienda o le meó en la pechera, ahora no recuerdo, a un niño rico de nombre Mario. Se trataba, claro, de Mario Draghi, gran capo de las finanzas internacionales. Que sí, Leo, que sí, y también que te despertaste con la mano en el orinal.

Una sectaria de tomo y lomo

Y dejamos para el final lo del Paticano, un local de Lavapiés donde Bassi celebra misas dominicales y paródicas. Aunque lo patético es la carta de seriedad que algunos empiezan a darle a la cosa, como Tele K retransmitiendo las ceremonias los domingos. O el mismísimo Bassi, que llegó a lo de Vallecas acompañado de una suerte de acólita, ciertamente siniestra, una sectaria de tomo y lomo que anotaba en una libreta y fotografiaba a todo aquel que le resultara sospechoso. Por no hablar del cepillo que se pasó al final del coloquio para contribuir a las necesidades del templo, el Paticano, y que hizo que el asunto destilara un tufo a necesidad alimentaria. Si así fuera (y así parece), sirva el detalle, señoría, como atenuante en caso de que una querella por ofensas contra los sentimientos religiosos prosperase contra Bassi. Si bien lo que sería de justicia, y de justicia poética, es que tal querella no fuera siquiera admitida a trámite. Y no por falta de animus injuriandi, del que anda sobrado el tipo, sino de talento.

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