La sátira

Romance de los abrazos

Fray Josepho
Abrazas al Hugo Chávez,
a Maradona, otro tanto;
abrazas a Néstor Kirchner,
quieres abrazar a Castro,
y abrazas, por abrazar,
a cualesquiera tiranos
que se te pongan a tiro
de estrujón y de arrumaco.
A Maradona, por cierto,
después de darle el abrazo,
le dijiste —así eres tú—
que te hallabas encantado
de trabar conocimiento
con el genial propietario
de aquella “Mano de Dios”
que no logró ver el árbitro.
La trampa, glorificada,
y el tramposo, celebrado.
Será cosa del talante,
pero, en fin, yo no lo capto.
El caso es que, José Luis,
tan cariñoso y simpático,
cuando fuiste a ver al Papa
(al llorado Padre Santo
que se acaba de morir
en Ciudad del Vaticano),
la mano no se la diste,
porque estabas lesionado.
¡Menuda contrariedad,
menudo accidente infausto
fue a pasarte justamente
en ese momento exacto!...
Las lenguas de doble filo,
los típicos malpensados,
dicen que fue un paripé
y que el esguince era falso,
y que lo que no querías
era la foto, el retrato
de tu manita cogida
por la del Papa Juan Pablo.
Pero esto es maledicencia,
habladuría y agravio.
Si lo suelto es simplemente
porque estoy interesado
en ir haciéndome fama
de venenoso y de cáustico.
Mas volvamos, Zetapé,
a aquello de los abrazos.
Abrazar, si bien se mira,
no tiene por qué ser malo.
Pero tú, sobre abrazar,
les vendes a los tiranos
armas de guerra, avioncitos,
helicópteros y barcos.
Esas cosas que les niegas
en Irak a los aliados,
las exportas al Gorila
con el mayor desparpajo.
Cosas de la Paz Perpetua
que nos estás preparando.
Porque las armas que vendes,
las vendes, que quede claro,
con talante progresista
y fines humanitarios.
Y te retrata El País
como héroe contemporáneo
que acabará con el hambre
en el mundo de un plumazo.
Pero ya eres, Presidente,
mayorista de artefactos
creados para la guerra,
representante de trastos
de los que usan los ejércitos
para ocasionar estragos.
En viajante de armamento,
Zapatero, te has quedado.
Menos grotesco sería
y menos desatinado
que ya que vas por el mundo
expendiendo y despachando,
y que te va ese rollete
de sonrisas y de abrazos,
hicieras escala en Cuba
a venderle a Fidel Castro
ollas exprés y neveras,
que es más revolucionario.
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