No me llama

Fray Josepho

No ha sonado el teléfono. Pasan cinco semanas.
Ni un mensaje de texto. Pablo no puede más.
Se revuelve, nervioso. Se derrite de ganas.
Pero nada. No suena. ¿Se ha olvidado, quizás?

No hay llamadas perdidas. La impaciencia ya aflora.
Ni al despacho, ni al fijo. Qué desesperación.
Si me llama, lo atiendo, me da igual a qué hora,
no dudéis en pasármelo, aunque esté de reunión.

¿Estará atosigado del estrés del Gobierno?...
¿Con los líos del Moños se ha olvidado de mí?...
¿Ha perdido mi número?... ¿Lo apuntó en su cuaderno?...
¿O es que el tío es grosero, nada más, porque sí?

Desde luego, este Pedro, qué informal, qué inconsciente.
Ya me estoy cabreando. Su actitud no es normal.
¡Ay, por qué no me llama! ¡Que es preciso y urgente
repartirnos los cargos del Poder Judicial!

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