La sátira

Heptasílabos, plagios y faisanes

Fray Josepho

El verso heptasílabo es de data antiquísima. Ya aparece en el siglo XII, en la primera obra que se conserva escrita en castellano, el "Auto de los Reyes Magos". Y también en los "Proverbios morales" del rabino Sem Tob (o Santob), del siglo XIII, entre otras obras medievales. Recordemos que el alejandrino, tan usado en el Mester de Clerecía, no es más que la suma de dos hemistiquios heptasílabos. Sin embargo, a partir del siglo XIV el heptasílabo prácticamente dejó de cultivarse hasta el Renacimiento, cuando Boscán y Garcilaso –y después otros muchos– lo volvieron a usar. En esta época, aunque a veces aparecía como verso independiente, lo normal era combinarlo con el endecasílabo, en estrofas como la estancia, el madrigal, la silva o la lira.

Detengámonos en la lira, estrofa de tres versos heptasílabos (1º, 3º y 4º) y dos endecasílabos (2º y 5º). Sin duda, quien llevó la lira a mayor altura poética fue San Juan de la Cruz. Pero estoy en condiciones de afirmar que nuestro insigne místico compuso sus poemas tomando como modelo los de un contemporáneo suyo, un fraile ajuglarado de origen italiano afincado en España: fray Giuseppe di Vertente. Los poemas de fray Giuseppe, originalmente compuestos en toscano, fueron traducidos por él mismo y circularon en copias manuscritas, que sin duda San Juan hubo de conocer. Tengo el honor de haber descubierto uno de esos manuscritos de fray Giuseppe y, a falta de terminar el estudio crítico, reproduzco en primicia tres de sus liras, para que los lectores de LD comprueben el asombroso parecido. ¿Otro caso de plagio?

¡Oh, importes y facturas
de encargos y serviçios impagados!
¡Oh caras sinecuras,
oh cuartos afanados,
decid quién vos de por todos lados!

Los euros derrochando,
pasaron los sociatas sin mesura
y, yéndolos gastando,
con grande cara dura,
en ruina nos dexaron, y tiesura.

¡Ay, quién podrá saldarme!
¡Acaba de endeudarme ya de vero!
Y llévese el gendarme
a aqueste Çapatero,
que hizo despilfarro de dinero.

Estas mezclas de heptasílabos y endecasílabos se siguieron utilizando desde el siglo XVI hasta nuestros días. ¿Y por qué tuvo tanto éxito dicha combinación? ¿Por qué resulta tan armónica? Pues la clave está en la sexta sílaba. Los endecasílabos más comunes, llamados "propios", tienen el acento principal precisamente en la sexta sílaba. Y los heptasílabos llevan también ahí su acento obligatorio. Por tanto, un heptasílabo viene a ser como un endecasílabo que se corta al llegar al acento principal. O el endecasílabo como un heptasílabo levemente prolongado. Pueden observarlo más arriba en las negritas del poema de fray Giussepe.

Estrofas únicamente en heptasílabos también se usaron en los siglos de Oro y han seguido usándose hasta hoy. Pero cuando el heptasílabo fue más cultivado sin compañía de endecasílabos fue en el siglo XVIII. La blanda lírica dieciochesca gustaba de heptasilabear hasta la náusea. Y lo hacía con los dos principales tipos de heptasílabos. El dactílico, con acentos en 3ª y 6ª, y el trocaico, con acentos en las sílabas pares: 2ª (o 4ª) y 6ª. Para acabar la clase de hoy, dejaré un ejemplo de heptasílabos trocaicos:

Feliz picoteaba,
luciendo su plumaje,
en medio del boscaje,
un pícaro faisán.
Comía gusanillos,
semillas y hierbajos,
tal vez escarabajos
que por allí se dan.

Qué alegre y qué dichoso
vivía el ser volátil,
ajeno al crack bursátil
en ese atardecer.
Amaba a su faisana:
pensaban tener huevos,
y allá en unos acebos
su nido entretejer.

Pero héteme que entonces
el pájaro coqueto
topó con un objeto
insólito al picar.
Se queda contemplándolo,
turbado de extrañeza,
y aquella cosa empieza
de súbito a sonar.

Por si eso fuera poco,
lo deja estupefacto
que echara el artefacto
destellos de fulgor.
Así que el pobre pájaro
(no existe faisán rico)
le atiza con su pico
al trasto sonador.

Y entonces... ¡Oh sorpresa!
¡Qué conmoción pasmosa!
Resulta que esa cosa
de pronto empieza a hablar.
"Alfredo", dijo el chisme
después del picotazo:
"Okey al chivatazo;
que avisen al del bar".

El pájaro inocente
miraba, casi agónico,
el trasto telefónico,
temblando como un flan.
Y así empezó sin duda
(perdón si no está entera)
la historia verdadera
del caso del faisán.

A continuación