La sátira

Fábula del mico, el juez y el muflón

Fray Josepho

Baltasar Garzón acaba de regresar de un viaje por tierras americanas. Ha ido a lo que suele: a dar conferencias —extraordinariamente bien pagadas— y a otras actividades propias del progrerío internacional. Pero en esta ocasión también ha tenido tiempo de asueto. Ha estado en Iquitos, en la zona amazónica del Perú, pescando pirañas (no es broma) y haciendo turismo. En la revista peruana Caretas le hacen una entrevista al juez estrella, ilustrada con algunas fotos, entre las que destaca una en que Garzón sujeta entre sus manos a un monito. Precisamente esta foto del juez y el mico –reproducida también por el diario La Razón en su portada del sábado– me ha inspirado la siguiente fábula, totalmente ficticia, por supuesto.

Mordisqueando plátanos, un mico,
dichoso en su vergel paradisiaco,
notó que lo trincaba un tiparraco
blancuzco, feo, gordo, progre y rico.

El mono, tan bucólico y tan chico,
sintió la zarpa atroz de aquel bellaco,
y el tufo a tribunales y a sobaco
le provocó un mohín en el hocico.

Sudando de inquietud y de sofoco,
en manos de ese juez con faz de loco,
el simio, que era listo, se hizo el sueco.

Le funcionó, me cuentan, ese truco,
y no como al muflón que, más farruco,
no tuvo tal cautela y está seco.

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