La sátira

El ejemplo de Nacho Uriarte

Fray Josepho

Ya es más que tarde, temprano,
y a punto de que se apaguen
las farolas de Serrano,
va Nacho Uriarte en Volkswagen
con un tablón como un piano.

Está en malas condiciones,
pero nadie se lo impide.
Y allá va, con dos cojones,
el mocetón que preside
Nuevas Degeneraciones.

Pero es que, además de eso,
–por lacayo de Rajoy–
tiene escaño en el Congreso,
donde hasta el día de hoy
no le ha dado a la sinhueso.

Nacho siempre ha sido un fiera
para trepar, desde niño.
Y en ese empeño se esmera,
pues, imitando a Pepiño,
no ha acabado la carrera.

Del PP, cualquier idiota
puede estar en el cotarro,
si sabe hacer la pelota.
Se marchó Manuel Pizarro,
que era el que daba la nota.

Total, que el culiparlante,
tras pimplar toda noche
y coger luego el volante,
le dio por detrás al coche
que conducía un currante.

Con ya casi treinta años
sin dar ni golpe jamás
(entre poltronas y escaños),
para un golpe que da –¡zas!–
lo que produce son daños.

La Guardia Urbana llegó
(que no siempre llega a todo),
y Nacho Uriarte sopló.
Pues eso: estaba beodo.
¿Qué se esperaban, si no?

Y, en fin, si no me equivoco,
ha dicho la Cospedal
que Nacho dimite, un poco,
de seguridad vial.
De diputado, ni loco.

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