La sátira

Conejos en Rodiezmo

Fray Josepho

Una mansa brisa sopla
por las campas de Rodiezmo;
los árboles la reciben
con un suave bisbiseo.
El sol camina al ocaso,
paulatino y soñoliento.
Los prados, de tonos ocres
tras el calor agosteño,
esperan que ya en septiembre
la lluvia traiga el consuelo.

El servicio de limpieza
del Ilustre Ayuntamiento
terminó la recogida
de basuras y de restos,
y se fue con el camión,
camino del vertedero.
Y cuando llega el crepúsculo,
desde unos matojos secos,
con sus orejas muy tiesas,
con sus sentidos atentos,
con sus peculiares saltos,
con sus hocicos inquietos,
salen a estirar las patas
dos atractivos conejos.
Los conejos no poseen
nombre propio, por supuesto,
pero por facilitar
la comprensión de mis versos
les pondré los patronímicos
de Gundisalvo y Anselmo.

Pues tras comprobar, prudentes,
que en el campo no hay jaleo,
ya mucho más sosegados,
los dos lepóridos tiernos
se sientan junto a un arbusto
y entablan un cuchicheo
en su lenguaje vernáculo,
un complicado dialecto
que yo, con mi diccionario
castellano-conejético,
intentaré traducir,
así, poco más o menos:

–Mi querido Gundisalvo,
tú no sabes qué mal llevo
que por estas fechas llegue
la turba de domingueros
a pisotear la hierba,
a asustarnos con su estruendo,
a llenarnos todo el prado
de colillas, de desechos,
de papeles, de meadas
y de latas de refresco,
y a forzarnos, mientras tanto,
a que escondidos estemos.

–Menos mal que es solo un día,
mi queridísimo Anselmo,
porque, si durase más,
esto sería un infierno,
y seguro que tendríamos
que pensar en el destierro.
¿Pero has visto que este año
han venido muchos menos
y estaban algo tristones
alicaídos y serios?

–Pues sí, afortunadamente,
pero aun así, me dan miedo:
con esos pañuelos rojos
que suelen ponerse al cuello
y esa canción lamentable
que cantan tan circunspectos,
alzando al aire sus puños,
fruncidos los entrecejos.

–Eso es la Internacional:
una canción de otros tiempos,
de resonancias coléricas
y de contenidos bélicos.
La letra, si te has fijado,
sólo la saben los viejos:
los mozos mueven los labios
en torpe play-back patético.

–Lo que es raro, Gundisalvo,
mi querido compañero,
es que esta vez no ha venido
ese flacucho grotesco
al que todos los presentes
rendían pelotilleo.
Ese cuyas cejas forman
dos acentos circunflejos.

–Sé quién me dices, amigo;
sé quién me dices, Anselmo.
Hasta tal punto, que un dato
pondré en tu conocimiento:
ese tipo larguirucho
es Rodríguez Zapatero
y ejerce el solemne cargo
de presidir el Gobierno.

–¡Ay, Gundisalvo, qué cosas!
¿Ese señor majadero
ostenta tan alto cargo?
Los españoles, me temo,
si han elegido a ese tío,
son un hatajo de necios.

–Parece ser que el flacucho
tenía cierto recelo
de que el público asistente
le lanzara un abucheo.
Dicen que está en horas bajas
el fulano circunflejo.
Pero te diré otra cosa,
mi queridísimo Anselmo:
los tipos que en estas fechas
se reúnen en Rodiezmo
son todos de un sindicato
y les llaman ugeteros.
Viven de las subvenciones,
cobran de los presupuestos:
unos son prejubilatas
con el cien por cien del sueldo,
otros están liberados
totalmente del currelo.
Y aunque existen unos pocos
que sí curran de mineros
(en unas minas con déficit
que les salen por un huevo),
la mayor parte no pega
palo al agua ni de lejos.

–¿Y qué es eso de la huelga
que ahora están promoviendo
y con la que ni en sus filas
parecen estar de acuerdo?
El baranda de las barbas,
que va de líder obrero,
animaba a hacer el paro,
pero el gentío ugetético
le gritaba que ni flores,
y se le mostraba adverso.

–Es exactamente así:
has dado en el clavo, Anselmo.
Es que en principio, una huelga
la hacen los que son obreros,
pero en esta pobre España
quienes tienen un empleo
(que con el paro creciente
resultan cada vez menos)
piensan que los sindicatos
son una banda de frescos,
una cuadrilla de vagos,
corrompidos y embusteros.
Si les dicen de hacer huelga,
los mandan a tomar viento.
Porque, además, estos viven
de lo que les da el Gobierno:
ponerse en huelga sería
tirar piedras a su techo.
Lo de hoy ha sido una farsa,
una pantomima, un cuento.
Por usar una expresión
de nosotros los conejos:
la huelga sólo la piden
con el hocico pequeño.

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