La sátira

Albertito el monegasco

Fray Josepho
Allá en los predios de Montecarlo,
como Rainiero se les ha muerto,
han coronado, para heredarlo,
a su hijo Alberto.
 
Aunque comparten hemoglobina,
pese a su poca masa encefálica,
pasa delante de Carolina,
por la ley sálica.
 
Ese minúsculo reino conciso
de cinco estrellas y tenedores
sigue sirviendo de paraíso
para evasores.
 
Un paraíso con un casino
de gente ociosa, cargante y necia
de donde es príncipe un lechuguino
con alopecia.
 
Mas me descubro –fuera chapó–
ante su bella madre, Grace Kelly,
de quien Rainiero se enamoró
por una peli.
 
Y se casaron príncipe y diva;
y luego vino la descendencia.
Ese fue el fallo en el que estriba
la decadencia.
 
De los tres hijos que concibieron,
dos fueron niñas –unos bombones–
pero la lástima es que salieron
algo pendones.
 
Príncipes, cómicas…: osados cruces
que no resultan ser un acierto,
pues salió un nene de pocas luces:
el tal Alberto.
 
Es un capullo y un metepatas,
pero no es buja –de esto me alegro–
porque le gustan las azafatas
de color negro.
 
El Albertito busca las faldas
con aire frívolo de tarambana,
pues no le privan los guardaespaldas,
como a su hermana.
 
Que alguien le diga que en la coyunda,
ya que se peca, hay que ser práctico:
que hasta el más tonto su órgano enfunda
con profiláctico.
 
¿Mas qué demonios hace en el COI
este Albertito, pijo y babieca,
que ya ni vale para play boy
de discoteca?
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