Vuelve el capitán Timo

Francisco Pérez Abellán

El Capitán Timo, José Manuel Quintia, que lleva 50 años con el cuento largo como un personaje de Los tramposos, es un individuo que en su día se hacía pasar por capitán de fragata o coronel del ejército, siempre protegido por un séquito de escoltas, y colaba grandes estafas aprovechando el estamento militar. Dio golpes memorables de 20, 88 y hasta 1.300 millones de pesetas, aunque no llegó a pisar el Palacio Real en un acto de coronación, como este de ahora. Tampoco se hizo pasar presuntamente por ahijado del Rey, ni del fontanero político Jaime García Legaz, hoy secretario de Comercio, ni de Arturo Fernández, poderoso empresario, hoy tarjeta black. El antiguo Capitán Timo no se atrevió ni por pienso a llamar por teléfono al Rey y prometerle que le iba a arreglar los problemas con la infanta Cristina y su marido Urdangarín. Pero antes de nada, que se sepa: aunque trate de confundirnos, en esto el baby nunca ha estado solo.

El supuesto nuevo capitán Timo es un joven de 20 años, madrileño, del barrio de Prosperidad, al que llaman Frank o Nico, Francisco Nicolás Gómez Iglesias, con escasa formación, usurpador de funciones, presunto autor de delitos de falsedad y estafa. Un joven con cara de niño y ojos de detergente líquido, con una extraña habilidad para poner de relieve la falta de prudencia de algunos de nuestros principales políticos, la absoluta carencia de prevención y el estrepitoso fallo de seguridad que permitió que el Niño, aunque perfectamente imputable, no solo engañara a José María Aznar, Ana Botella y Arias Cañete, que se come los yogures caducados, Jaime García Legaz y empresarios como Arturo Fernández, Rodrigo Rato (tarjeta black), empresarios de la noche, incluido el del Madrid Arena, Miguel Ángel Flores, sino incluso que pudiera asistir con su falsa representatividad a la ceremonia de proclamación de Felipe VI.

Allí estaba el que se hace pasar por ahijado de Aznar, por ahijado de Arturo Fernández, por ahijado de García Legaz, que no lo denunció, y hasta por hijo ilegítimo del rey abdicado, Juan Carlos I. Y uno se pregunta cómo es posible que la gente le crea. ¿A qué nivel ha llegado la cosa que se ve normal que un individuo sin apenas fondo, estudiantillo en Cunef, aunque sin aparecer por allí, pudiera darles verborrea, ofrecerles arreglar sus problemas, prometerles fabulosos créditos a precio de derribo, como a pardillos, e intermediar para que se retiraran querellas tan gordas como la de los Pujol o la de Urdangarín? Estoy deseando echarme a la cara a Bernad, el de Manos Limpias, para saber cómo se la intentó dar con queso. Uno de los empresarios noctámbulos le soltó 25.000 euros del ala y presuntamente tuvo que pedirle que se los devolviera poniéndole una pipa en la sien. O de eso presume.

¿Y qué decir del alcalde de Ribadeo, Galicia, que le puso escolta motorizada y se tragó como el yogur que Su Majestad iba a cenar aquella noche en el pueblo sin darle un toque a La Zarzuela por si las moscas?

Parece que lo de comer yogur caducado es una auténtica epidemia y afecta al lóbulo frontal. La jueza que ha dejado al chico en libertad con cargos también carga contra los que se dejaron engañar. Yo digo que hay además otros responsables: los encargados de la seguridad. Y alguien en la sombra que ha enseñado el arte de timar al muchacho.

Nico, el presunto capitán Timo, se hizo fotos con todos de buena fe, a los que se les ve sorprendidos en su ingenuidad, confiados y sonrientes. A la mesa con Cañete, en amor y compaña con Botella, avalando a Aznar en su propio territorio de FAES. Hubo a quien le convenció de que era un sorayo de primera división y que representaba a la vicepresidenta. Uno de los timados, empresario, se echó las manos a la cabeza y se prometió a sí mismo que si aquel individuo representaba de verdad al Gobierno salía huyendo del país. A otros les convenció con su cara de chico bueno de que era del CNI (Centro Nacional de Inteligencia), sin que extrañara que alguien del contraespionaje fuera por ahí cantando la gallina.

España es un país donde hay muchos que van de lo que no son. Aunque no llegan al extremo del capitán Timo, disfrazan el currículo, se atribuyen licenciaturas que no tienen, se adornan con falsos doctorados, falsificados o comprados, y aunque los denuncies en las facultades las universidades ni si inmutan. Menos mal que Cara de Niño no quería otra cosa que trepar y hacerse rico, porque la seguridad de los encartados se ha puesto a prueba. Y resultan muy vulnerables. Por lo demás, la investigación de suplantadores está dificultada por las propias leyes. La Ley de Protección de Datos dificulta que alguien pueda indagar si fulanito es lo que dice ser. Lo peor es que no parece importarle a nadie que haya una legión de impostores en todas las esferas y solo sean visibles cuando estafan a los de arriba.

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