Un trabajo para Plinio

Francisco Pérez Abellán

Creíamos que el asesinato múltiple de Burgos, en el que fueron apuñalados el alcalde de La Parte de Bureba, Salvador Barrio, su esposa y su hijo de once años, era un asunto para Maigret o para Hercules Poirot, pero nos equivocamos. El misterioso asesinato de Burgos, que se perpetró el 7 de junio de 2004, lo llevó a cabo un solo asesino, de madrugada, antes de las seis de la mañana, y con tal sigilo que no dejó otra huella que la planta del pie de una zapatilla deportiva del 44.

Salvador y su familia fueron enterrados con cien puñaladas, hace nueve años, en el pueblo y alguien escribió en el acceso al panteón familiar palabras de insulto, crueles e injustas, como "cerdo" y otras. La policía le aplicó la ciencia al hallazgo y logró encontrar al autor de esta agresión postmortem: Ángel Ruiz, un tipo que tenía enfrentamientos con el alcalde por asuntos de lindes y de alcantarillas. Que andaba peleado con medio pueblo. Agresivo, incontinente e incapaz de ponerse en el lugar del otro. El análisis de la grafología permitió culparlo de los insultos, pero no se le pudo imputar nada más. Ni siquiera quedó claro que supiera la dirección de la casa de la capital del alcalde; por tanto quedó libre de toda sospecha.

Los investigadores seguían aplicando las deducciones de Poirot o las conclusiones arriesgadas de Maigret. El caso es que, transcurridos tres años de tinieblas, se detuvo al hijo mayor de la familia asesinada, que en el momento del crimen estaba interno en un instituto de Aranda del Duero. La Fiscalía de Menores se ocupó del asunto y lo puso enseguida en libertad porque no se creyó el síndrome de príncipe destronado que trataban de inculparle. El chico quedó sin cargos y la casa de Burgos precintada como la escena del crimen imposible de desentrañar. El asesino la llenó a oscuras de sangre y debió cambiarse de ropa sin mancharse antes de salir al pasillo. ¿Cómo lo hizo?

Transcurridos nueve años, se retoma como haría Plinio, jefe de la policía municipal de Tomelloso por imperio del talento de Francisco García Pavón, el asunto desde el principio, y se conoce que Ángel Ruiz, asténico, malhumorado, ha sido declarado culpable por un asesinato por medio de atropello de una señora de 84 años. Para hacerlo robó un vehículo que luego ocultó y dio una gran labor a la policía que tuvo que esforzarse para descubrirlo, pero al final les bastó con los trozos de faro perdidos por el impacto en la carretera. Ángel Ruiz se la tenía jurada a la señora. Ángel no perdonaba a quien discutía con él o le llevaba la contraria. Igualmente ha desaparecido un colaborador suyo, de 24 años, un búlgaro que le hizo de taxista. Se cree que puede también estar implicado en esta desaparición.

Plinio sacaría un truja de caldo de gallina y se haría un petardo para ayudarse a pensar. El hombre que insulta a un muerto que no se puede defender es capaz de matar. El homicida Ruiz, que mató a la anciana, tenía cuentas pendientes con el alcalde Barrio. En una de sus casas se han encontrado manojos de llaves de puertas. Quizá sea la explicación a la apertura del domicilio de los Barrio de madrugada y sin ruido. Una de esas llaves. Uno de esos resortes. Un viejo odio de Ruiz, que roba un vehículo para matar a una vecina, que lo oculta en la propiedad de otro, que disimula y se implica en la desaparición de alguien que trabaja para él. Plinio cerraría un ojo por el humo del tabaco. Tomaría un poco de anís con el café. Se trata de la deducción psicológica, del interrogatorio cuidadoso y de encontrar la punta de la madeja. Le pediría el seiscientos al albéitar para ir a Burgos a comprobar las llaves. Bastaría con que una sola abriera el piso de las víctimas. Yo siempre he creído más en Plinio que en Maigret. Plinio reina en su territorio y sabe que las apetencias de los pequeños hombres son iguales a las de los hombres grandes, los asesinos y los santos. La diferencia está en cómo se lo tome cada uno. En un pueblo pequeño nos supera el reinado de Witiza. Pero Burgos es una ciudad de frío y dolor, austera y castellana, donde el Cid atraviesa por los caminos polvorientos, arrastrando la espada. Nada debe distraerte. En la escena del crimen, Plinio y un caldo de gallina mediado, mientras se destruye el mito de que en tierras de Castilla hay siempre un tanto por ciento de crímenes que no pueden ser resueltos.

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