Prim profanado

Francisco Pérez Abellán

Hace unos días el partido socialista catalán de Miguel Iceta ha pedido al Gobierno, tarde, mal, y con poco acierto, que festeje y exalte el bicentenario, en el que estamos, del nacimiento del general Juan Prim y Prats, gran estadista y patriota español, cosa que ya el PP le pidió al gobierno del PP sin que se hiciera caso a sí mismo.

Lo poco y mal que se ha hecho por recordar al gran héroe reusense, lo lleva en su desacierto la Sociedad Bicentenario de Prim 2014 que ha perpetrado un libro de los discursos, un tocho inmanejable con letra pequeña y autocensurado. También han puesto -mal- una placa en la calle Marqués de Cubas, antigua del Turco, para recordar el atentado en un sitio donde no ocurrió. Igualmente han difundido ideas que ofenden la figura de Prim como la de que bombardeó Barcelona en 1843, lo cual es falso de toda falsedad. Todo lo han hecho especialmente asesorados por Emilio de Diego García, un profesor de la Facultad de Geografía e Historia, de la Universidad Complutense de Madrid, que con gran escándalo se hace pasar por catedrático sin serlo. Podrán leerlo con todo detalle en mi libro de próxima aparición Prim, la momia profanada, un verdadero ajuste de cuentas con la historia. Ahí tienen el ludibrio del manubrio del bodrio.

Por su parte el catedrático ful acaba de sacar una obra oportunista, refrito de dos anteriores, la burda de los discursos del Congreso y el insulso librito La forja de una espada, cometiendo una serie de vergonzosos errores que le descalifican. El primero de muchos es que sin enmendarse, repite la mentira de que Paúl y Angulo, uno de los presuntos asesinos, volvió a España en 1885. Da grima cuando viene a decir que el criminal entró por la frontera pero solo un poquito y se volvió a Francia en seguida, por lo que nadie lo vio. Todo esto sin pruebas.

Su primer libro sobre Prim es una obra en la que canibaliza todo lo que ha encontrado en la biblioteca de la Complu, pero ya mete la pata hasta el fondo cuando dice que Prim al salir del Congreso, el día que sufrió el atentado, habló con el diputado Miguel Morayta, este sí historiador, y además masón, grado 33. En ese momento, como le ha corregido en público en el Ateneo, hace muy poco, el sí catedrático y también masón Joan-Francesc Pont, Morayta todavía no era diputado porque accedería al puesto más tarde y por tanto no estaba allí ese día. Eso le pasa por copiar sin mirar a quién. Más tarde y dado que se basa en el libro de Pedrol Rius, el caso es no consultar ningún documento, vuelve a equivocarse de forma bochornosa cuando no sabe escribir el nombre del médico al que cita varias veces: Alfonso de la Fuente Chaos, al que llama Lafuente, con lo que demuestra que ni siquiera lo ha leído.

Emilio de Diego, que no para en su desprecio constante de la metodología científica, incluye en un anexo el supuesto informe fallido de "las eminencias de la Complutense-Alcalá" en el que ni siquiera saben distinguir un hueso de un cartílago y no aciertan a enumerar las heridas que sufrió el general porque no han visto el cadáver. De Diego lo anuncia a bombo y platillo en el texto pero al consultarlo, el lector se encuentra con el informe mutilado que solo ofrece páginas escogidas, lo que contraviene la ética histórica. Por supuesto no hace ninguna referencia al penoso intento, totalmente insólito, del doctor José Antonio Sánchez y sus colaboradores, en la reciente reunión de la sociedad de antropólogos forenses que inexplicablemente preside, de rectificar el informe meses después, sin que se note, dándose aires de completar el estudio pero en realidad manteniendo el fallo.

Se trata de un nuevo apaño del falso catedrático en el que, como en todo lo que ha escrito sobre Prim, para contar el atentado repite el texto donde hace un popurrí, mal expurgado, en el que incluye desde las fantasías malintencionadas del republicano Roque Barcia hasta la voluntariosa versión del gran José Andrés Rueda Vicente.

Pero esta misma semana concurren dos hechos escandalosos. El primero es el estreno en TV3 del documental distorsionador sobre Prim del propio Ayuntamiento de Reus. En él se insiste en la falsedad haciéndole decir a un histriónico Prim: "¿Fue el bombardeo de Barcelona el mayor error de mi carrera?". Ya hemos visto que no, porque pese a los soberanistas, él no lo hizo. Y se permite que dos de los forenses del informe catastrófico confundan al público sobre su muerte. Uno de ellos, Francisco Javier Pera Bajo, nada menos que presidente de la asociación nacional de médicos forenses, afirma de viva voz que "el hioides es un cartílago" con lo cual se ve que lo del peritaje no es solo un error sino pura ignorancia. Por si fuera poco dice que el general llevaba una pelliza que infectó sus heridas cuando si hubiera visto la momia sabría que no. Del otro, Bernardo Perea, no se dice que es odontólogo, vulgo dentista, y se le permite pontificar sobre la causa de la muerte. Un desastre audiovisual con guión de un ignorante de Prim. ¡Ojalá se llegue a tiempo de impedir que se emita por TVE!

Por otro lado, La Vanguardia, que necesita un historiador en plantilla, publica que hay en el distrito de Sant Andreu una bomba en una fachada de las disparadas por Prim, pese a que está demostrado que esto es imposible.

Tiene suerte Emilio de Diego de que los catedráticos no hayan levantado la voz guardando un silencio resignado. Los lectores pueden comprobar hasta qué punto se equivocan consultando mi página web, donde hay un trozo de audio en el que responde a mis preguntas confirmando de propia voz que se hace pasar por lo que no es. Y también está colgado íntegro el catastrófico informe de los forenses donde se observa cómo De Diego practica la historiografía castradora. Desde luego tiene suerte de que los tres ministerios afectados, Cultura, Justicia y Ejército, se muestren impasibles ante lo que está pasando.

Por si faltara algo, el PSC de Iceta se incorpora con retraso a los que han hecho tan poco y mal por la celebración y divulgación de la figura egregia de Reus, aunque sí han respaldado el trato irrespetuoso a la momia de Prim en un increíble acto impune, devolviéndola a la tumba, después de haberla profanado poniéndole dientes postizos, para pasmo de la humanidad.

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