Matanzas

Francisco Pérez Abellán

Durante semana y media parecía que en Alemania, en la región de Baviera se había declarado una epidemia de locos con un reguero de muertos. Un fantasma recorre Europa y es el fantasma del yihadismo. Una criminalidad a la que los gobiernos no pueden poner freno. La exaltación de los servicios de inteligencia, que están sobrevalorados, y de la eficacia policial no ha hecho otra cosa que poner la propaganda contra la realidad.

Un joven de origen árabe entra en un restaurante de comida rápida y se lía a tiros. Es un depresivo que ha pretendido vengarse tras rendir culto al noruego Breivik. No obstante parece que cuenta con un cómplice y que lo tenía planeado. El depresivo tiene temple para entrenarse en el manejo del arma y para poner una trampa en las redes sociales. Otro joven de origen árabe hace estallar una bomba en un festival de música y este es innegable que tiene algunos puntos en común con la banda Daesh. Casi lo confunden con otro pirado. La policía da golpes de ciego. Primero en Francia y ahora en Alemania. Un pensamiento perverso se une a la interpretación de lo que está pasando: “Solo los terroristas tienen la culpa de los actos terroristas”.

El presidente de la República Francesa ha dicho que los franceses están en guerra. Si los terroristas cometen atentados son culpables, pero también tienen culpa quienes no son capaces de evitarlos. Una formidable máquina, muy cara y escasamente eficaz, se mueve en la Europa rica en teoría para mantener a salvo a sus ciudadanos. En la práctica se ha convertido en una especie de diabetes política en la que el sistema autoinmune ataca al propio cuerpo que pretende defender: molestias ineficaces en los aeropuertos, controles en las carreteras, vigilancias en las fiestas y los terroristas sueltos y a su aire. Hasta los jóvenes con pulsera de vigilancia por sus antecedentes son capaces de cometer un atentado en las narices de la policía cortándole el cuello a un sacerdote. Las leyes para combatir esta manifestación del terrorismo no son las adecuadas, la información policial no fluye correctamente entre los países miembros, la formidable máquina de seguridad no es segura. Y no funciona. Hollande declara la guerra pero mantiene a un ministro del Interior que ha sido incapaz de evitar una sucesión de actos terroristas a cual más dramático. Si Francia está en guerra tendrá que nombrar un ministro de la guerra.

El pensamiento perverso ha logrado que los porteros sigan siendo responsables de los metepatas que entran a las discotecas a armar jaleo, pero exculpa a los que no son capaces de evitar los atentados. En Francia, al menos, los abuchean.

Los menores se revelan como el instrumento más eficaz de los terroristas. La Europa que no los integra ni los educa, ahora los sufre. Las mujeres liberadas se someten voluntariamente a la dictadura yihadista, descorazonadas, o tal vez despreciadas por la falsa civilización. Frente a esto, los políticos deslizan la posibilidad de que la mayoría de estos actos que se producen sin solución de continuidad sean obra de perturbados. Lo intentaron con el atentado de Niza, hasta que se descubrió que el criminal había tardado semanas en prepararlo y que había contado con la ayuda de cómplices. Otro juego para negar la responsabilidad es echarle la culpa a los “lobos solitarios”, gente de imposible control, que practica el terrorismo “low cost”, que salen un día de casa con un hacha o un puñal y la montan en un tren o un espacio público. Y sin embargo utilizan bombas y armas de fuego, que en teoría deberían estar controladas y no pueden comprarse en un todo a cien. Hay millones de armas de fuego sin control y muchos kilos de explosivos. Un jovenzuelo que no tiene edad para responder como un adulto por sus crímenes puede sin embargo comprarse por Internet una pistola “Glock 21” de 9mm, en perfecto estado de funcionamiento, y proveerse de munición. Estos locos están muy organizados y curiosamente sus locuras favorecen la campaña de terror de la banda Daesh mientras los ministros quieren meterlos en el manicomio.

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