La seguridad, estúpidos, la seguridad

Francisco Pérez Abellán

Obviamente es una frase retórica, no pretendo llamar estúpido a nadie. El Ministerio del Interior no es estúpido, pero está empleando sus protocolos de seguridad estúpidamente.

En muy pocos días ha fallado tres veces de forma estrepitosa con resultado de muerte sin que haya dimitido nadie: al no prever que podría haber una batalla campal en los alrededores del estadio Vicente Calderón de Madrid entre ultras de signo contrario, al dejar sin chaleco antibalas a la agente muerta a tiros en Vigo y, finalmente, en la prevención de la violencia doméstica, según la parte secreta del informe del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), el organismo más político de la politizada Justicia.

Nosotros sí seremos estúpidos si no exigimos a este Gobierno, cuyo presidente ha sido ministro de Interior, que reforme, rearme y rediseñe su política anticrimen. En el caso de los hooligans nazis y antinazis del fútbol, se falló estrepitosamente al valorar la posible reyerta tan anunciada como de perfil bajo o poco peligrosa. La junta antiviolencia no es estúpida, pero como si lo fuese. En este sentido, como diría Forrest Gump, ese mito de Hollywood, tonto es el que hace tonterías.

Hacía mucho tiempo que los sindicatos policiales reclamaban "un agente, un chaleco antibalas", conscientes del endurecimiento de los delincuentes y su desprecio por la vida humana; pero la Dirección General de la Policía estaba en cosas menos urgentes. Mientras, ante sus narices crecía el mercado negro de armas y municiones. Un atracador multirreincidente, uno de esos contra los que la ley obsoleta no puede nada, armado con una 9 milímetros parabellum, quizá nuevecita, se lió a tiros con dos policías inteligentes, preparados y valientes, pero sin chaleco. La mujer, a la última en cursillos de puesta al día y una verdadera policía de élite, murió baleada en el acto y su compañero quedó gravemente herido. ¿Se habrían salvado de estar dotados de los antibalas de gran resistencia que apenas pesan? La respuesta es estúpidamente obvia.

Ahora que la cosa no tiene remedio se prepara con intolerable retraso, en mi opinión, la dotación de chalecos, quizá no todos los que hacen falta, para el primer semestre de 2015. La pregunta es: ¿por qué en España siempre tiene que pasar primero una desgracia? La prevención y el curarse en salud son casi desconocidos en estos páramos.

Lo de los hinchas violentos del fútbol, contrariamente a como ha sido enfocado, no solo es un grave asunto dentro de los estadios, que se veía venir que acabaría en muerte, sino que fundamentalmente es un problema de orden público. La muerte del hincha del Dépor se produjo fuera del campo, en plena calle, territorio más allá del alcance de los hasta ahora permisivos presidentes de los clubes de fútbol y por el contrario reino de obligación del ministro. Otra vez el Ministerio del Interior es el que no estuvo atento, y no tenía a punto sus filtros antiviolencia de una forma tan escandalosa y estúpida que se exige la cabeza del Secretario de Estado para la Seguridad (¿qué seguridad?).

Pero lo peor es esa constante, continua y desenfocada manera de enfrentar la violencia doméstica, en la que no paran de morir niños, hombres y mujeres, sobre todo muchas mujeres. De las 45 muertas que cuenta –mal– este año el Ministerio, quince denunciaron, a pesar de que el mensaje no se difunde correctamente desde las áreas de gobierno. Pues bien, catorce no recibieron la protección adecuada y… murieron. Seguramente los que reparan en el hecho se preguntarán como si fueran estúpidos: ¿denunciar?, ¿para qué? Catorce de las quince que denunciaron fueron valoradas como de bajo riesgo y no se tomaron las medidas preventivas que hubieran dificultado y, en su caso, impedido el asesinato. Los maltratadores identificados que las torturaban las asesinaron ante la indolencia de la autoridad. En tanto las pulseras de prevención telemática que alertan cuando el maltratador se acerca a la víctima duermen el sueño de los justos sin ser utilizadas.

De esto acabamos de enterarnos por el diario El Mundo, que ha revelado la segunda parte, que era la más interesante, del informe del Observatorio para la Violencia de Género del CGPJ, organismo que creíamos completamente inútil, pero que resulta que no lo es completamente porque hay una parte, aunque estúpidamente oculta, que analiza por qué denunciar, que es lo que se aconseja y lo obligado –la única respuesta–, no es seguro para la mujer amenazada e incluso puede acabar actuando de detonante del crimen si ella sigue, como es el caso, desprotegida. O solo protegida por la verborrea hueca de los políticos.

Cada año mueren más de medio centenar de mujeres a manos de sus parejas o exparejas. Ahora también mueren hombres que son pareja de maltratadores y niños, muchos niños, que pagan el pato de la imprevisión y la falta de seguridad. La sangría no cesa mientras se cierran observatorios que nunca sirvieron para nada, cuando lo que se necesitan son actuatorios, y a los cargos que se olvidan de la estúpida seguridad se les llena la boca de palabras que no aseguran nada.

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