La homicida amable

Francisco Pérez Abellán

Ana Julia, de 43 años, conduce su vehículo cuando suena su teléfono, que contesta con despreocupación. Es un periodista que pregunta por Ángel, el padre del niño Gabriel, de ocho años, desaparecido de Las Hortichuelas (Almería). Ana, de origen dominicano, habla en un tono calmo y monocorde, sin alterarse y con desusada amabilidad, si consideramos que en ese momento transporta el cadáver del pequeño en el maletero envuelto en una manta; el pequeño al que ella misma ha matado por sofocación tras golpearle con brutalidad.

Huye de la Policía, que le pisa los talones, pero mantiene esa actitud fría, egotista, calculadora que le ha guiado durante toda su vida, desde el momento mismo en que colecciona parejas, a las que según, se investiga, ha ido desplumando para cumplir el sueño de ascenso social que se prometió desde que pisó España. Vino muy joven, casi adolescente, y su hermana, según propia confesión, le pagó diez mil dólares a un español para que se casara con ella y facilitara su integración. Ana rehizo su vida con un camionero que adoptó a su hija nacida en República Dominicana cuando era casi una niña, y tuvo otra con él que hoy trabaja en Burgos y con la que apenas tiene contacto. También tuvo una aventura sentimental con un hostelero que murió de cáncer. La familia del fallecido asegura que, dos días antes de que entrara en agonía, ella aprovechó para ponerse tetas, por lo que pidió un crédito con el muerto como avalista que nunca pagó y que obligó a abonar a los herederos. De modo que chuscamente estos acreedores dicen que son los legítimos propietarios de sus pechos, que para eso los han pagado.

Su vida turbia se prolonga con al menos otro hombre enfermo, cuyos familiares también se quejan de la relación por aprovechamiento económico, y finalmente con una pareja, anterior a Ángel, con la que puso un bar. Dinero, egoísmo, frialdad como rasgos de un comportamiento que puede observarse dentro de un amplio catálogo en mi libro Ellas matan mejor (Espasa, 2000).

Lo peor de Ana, a la que llaman familiarmente la Negra, fue la sorprendente muerte de su primera hija, de cuatro años y recién llegada de la República Dominicana, que falleció al caer desde el séptimo piso de la casa en la que entonces vivían: las ventanas estaban abiertas de par en par y las contraventanas de la habitación de los juegos con la persiana subida hasta arriba, una noche de marzo en Burgos, todavía invernal, con temperaturas de cero grados y bajando. Ana se convierte así en la mujer en cuyo derredor mueren los niños. Con un extraño expediente mal investigado.

En la desaparición de Gabriel desarrolló durante doce días una memorable actuación, en la que lloraba y rogaba que apareciera el pequeño que ella misma había enterrado, y aparentaba sufrir preguntándose si quien lo tuviera le cuidaría y alimentaría correctamente. Quienes sabemos de qué va esto enseguida sospechamos de ella, que contaba una historia con contradicciones y parecía el perejil de todas las salsas. Y eso sin adivinar siquiera el voluminoso pasado que nadie parecía conocer. Hasta que los familiares de los desplumados la vieron por la tele y alertaron a la Policía. Los agentes sospechaban de ella desde el minuto uno y, por si fuera poco, tras meterle miedo con la idea de que tenían imágenes reveladoras de la identidad del secuestrador, lograron que desenterrara al niño –tras llevar al padre a una cita periodística en un hotel–, lo cargara en el coche y se dirigiera a Vícar para deshacerse de él sin ser descubierta. Aquí caben todas las hipótesis, porque Ana trabajó en una carnicería más de seis años, y lo mismo que había producido la muerte no le temblaría la mano para seguir la huida. Una vez capturada in fraganti, poco después de colgarle el teléfono al periodista al que prometió poner en contacto con Ángel, negó que tuviera nada que ver con el bulto envuelto en la manta del maletero y trató de escapar una vez más. Luego dio la versión de que había sido un homicidio o una imposible legítima defensa. Ante la controversia no hay otra cosa que añadir que matar a un niño es siempre un asesinato.

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