El tío que quiso volar el PP

Francisco Pérez Abellán

Se llama Daniel, tiene 37 años y es natural de Bronchales, junto a Orihuela del Tremedal (Teruel), patria chica de Federico. El juez Javier Gómez Bermúdez de la Audiencia Nacional, célebre motero, magistrado, de estado civil separado de la no menos célebre tertuliana que en su día escribió un libro cantando sus glorias, estima que no ha cometido un delito de terrorismo y lo ha pasado a los juzgados donde le acusan de "estragos, homicidio en grado de tentativa y tenencia de explosivos". De todo, menos de lo que de verdad ha hecho.

El delito que ha cometido, y que no está en la lista, es asalto a la sede central del PP, el partido en el Gobierno, e intento de volarlo con una bomba casera fabricada gracias a internet. Y si eso no es terrorismo, ya me dirá usted. Incluso el detenido lo ha confesado al declarar "que había atentado contra el PP por el hecho de que son el Gobierno y él quería ir contra esa forma de gobernar". Los de Podemos han dicho para explicarlo que hay motivos para que la gente, como éste de Bronchales, lleve una bomba a la sede del PP. Si esto fuera así, en Venezuela, donde han ido ellos a pedir dinero, deben estar a punto de tirar la atómica porque allí ya no hay ni siquiera medicinas ni papel higiénico. Ya lo saben los que voten a Pablo: les espera un futuro sin papel en el cuarto de baño.

A mí no me gusta nada la decisión de Gómez Bermúdez, como tampoco me gustó en su día la sentencia del 11-M. Debería crearse de forma urgente la figura del crítico judicial, tal y como existe el crítico de fútbol o el taurino, porque la labor de los jueces necesita crítica. Así, con todo el respeto para su señoría, Bermúdez ha estado aquí falto con la muleta y no ha hecho faena, terminando con un pinchacillo feo que ha quedado en media estocada.

La prensa oficialista, que es mucha, se ha apresurado a ocultar el gran fallo de seguridad que esto ha supuesto, dado que el PP no tiene en la puerta ni siquiera unos bolardos blindados como los que dispone cualquier joyería, estando los alunizajes a la orden del día. Y el lobo solitario del pueblecito de Aragón no ha hecho otra cosa que alunizar estar a punto de hacer saltar por los aires el cuartel general del PP, que tiene un agujero de seguridad como el cañón del Colorado. Hasta el punto de que la gente puede preguntarse cómo un partido así, que no sabe cuidar de sí mismo, puede velar por la seguridad de los demás.

Ahora tratan de dar por loco al tío que desde marzo viene planeando cómo construir un gran paquete explosivo para lo que reunió bombonas de butano, bolas de nitrato amónico, un iniciador de fósforo y un temporizador. Todo ello lo conectó en su vehículo y no lo accionó –con lo que demuestra que no está tan mal de la cabeza– "porque me quedé encerrado y temía por mi vida".

La idea de inspiración arriolana de declararlo "no cuerdo" es compatible con el hecho de que un psicótico es imprevisible y, por tanto, nadie sería culpable de que cogiera su coche y pretendiera mandar el PP al infierno. Puesto que está en sus cabales, hay que pedirle cuentas al Ministerio del Interior por su nula política de prevención contra el crimen, y al jefe de seguridad del PP, que la ha hecho gorda.

Por lo demás también es mentira que pueda producirse un "efecto de imitación", como ya han adelantado los sociólogos del régimen. El terrorismo no se pega como la fiebre sino que nace de una situación de crisis en la que, si falla la política preventiva, se encuentra todo dispuesto para crear el caos.

A continuación