El pederasta se nos escapa

Francisco Pérez Abellán

Madrid es una ciudad de más de tres mil pederastas. Gente que duerme en cama con dosel o en coches abandonados. Delincuentes con doble vida y apariencia respetable. Gente guapa que a veces cultiva sus bíceps y su aspecto, vigorexia drogada de anabolizantes. Gente amable con sonrisa seductora. Que merodea por parques y jardines, vigila colegios y abusa de niños. Pederastas como el que ha raptado y destrozado a cinco niñas y ha sometido a la ciudad a la psicosis del Boston del estrangulador, el Düsseldorf del vampiro o la Nueva York del Hijo de Sam.

Madrid se ha convertido en una ciudad sucia donde ojalá pronto lleguen las elecciones municipales. Ya advirtió la alcaldesa que los madrileños estaban mal acostumbrados a la limpieza y en su mandato ha conseguido con éxito superar este brutal defecto.

Las aceras resbalan con el aceite de las motos que las utilizan como parking y los peatones deben sortear el peligro de los ciclistas que dejan en el suelo el rastro de sus frenadas ante los impedidos, las señoras con niño y los ancianos con problemas de movilidad. Una ciudad sin previsión que resulta también amenazada por los delincuentes. En especial los que forman parte de la pederastia, el azote del siglo XXI, contra el que el papa Francisco ha emprendido una cruzada en el Vaticano. Tras felicitarse por haberle echado el guante al presunto depredador, los madrileños se preguntan por qué se ha tardado tanto.

Vaya por delante el agradecimiento ciudadano a la jueza y a los policías que han renunciado a sus vacaciones, conscientes de que había que atrapar al Enemigo Público Número Uno. Sin embargo la caza del hombre ha puesto de relieve la falta de una política criminal. Como es sabido, los fallos no se deben a los policías de a pie, sino a los mandos puestos a dedo.

En el transcurso de la captura se ha detenido a otros tres pederastas, aunque ninguno de ellos era el que se buscaba, que estaban ahí, haciendo daño, campando a sus anchas en el merodeo de jardines y colegios, sin que nadie los molestase. Y también un par de exhibicionistas, esos que no llevan nada debajo y que son el primer estadio del pederasta.

La indigencia cultural de España es solo comparable a su indigencia política, mientras la corrupción se extiende como una mancha de aceite en los dientes del desgobierno, lo que somete a los ciudadanos a la indefensión. El trance por el que se pasa es digno de la pluma del Arcipreste.

El hoy presunto responsable del horror fue reo de una cascada de delitos, del robo con violencia al crimen organizado, y debiera figurar en el cuadernillo de campo de cualquier investigador. Fue condenado a nueve años de cárcel, de los que cumplió siete, en un país que se rige por leyes que favorecen a los delincuentes ante el legislador que permanece impávido.

A pesar de su visibilidad en los archivos policiales y judiciales, su nombre no saltó como sospechoso hasta muy tarde. Y ningún político, que se sepa, ha hecho examen de conciencia. Ni siquiera hay oposición. ¿Algún político va a responder en el Congreso ó quedarán libres como en el Madrid Arena? ¿Harán algo en la Asamblea madrileña?

La población se mece en la indigencia de la prevención. Madrid está sucia de ramas caídas de los árboles, que si no te apartas te matan, bolsas de plástico, cascos de botella, residuos orgánicos y ADN de pederastas. Es un tiempo en el que los periodistas están todos en el paro y apenas se publica lo que el poder no quiere. Madrid, lleno de indigentes culturales, y de los otros, ciudad sucia y atemorizada, justo cuando atrapamos al pederasta, se nos escapa.

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