El estorbo

Francisco Pérez Abellán

Los padres de la niña Asunta tienen ahora una condena ratificada por el Supremo: dieciocho años de prisión, cada uno, por haberle dado muerte tras adormecerla con lorazepam, la droga de moda entre los asesinos. La pregunta no es si la condena es poca o mucha sino por qué la mataron. La gente quiere saber por qué un matrimonio joven, con posibles, que fue a China a hacerse con una niña, acabaron con su vida tras muchos años de convivencia, cuando según las hipótesis de trabajo la habían criado como a una hija.

Bueno, porque, como siempre, no se suele conocer la verdad. Alfonso Basterra y Rosario Porto nunca fueron unos verdaderos padres para la niña Asunta, a la cual adoptaron, e incluso hubo una época en la que se sintieron orgullosos de tenerla porque era una gran novedad en su Galicia natal: los primeros con niña china adoptada, lo que era todo un récord. Charo incluso se atrevió a dar consejos a los posibles adoptantes de nuevas niñas asiáticas. Pero la realidad era muy distinta. La niña vino a España porque era un deseo profundo de los abuelos maternos. Ellos hicieron que el matrimonio, que a la postre no quería perder la fortuna familiar, adoptara a la pequeña para asegurarse la descendencia. Alfonso, que era un periodista con dificultades para ganarse la vida con el periodismo, y Rosario, que era una licenciada en Derecho a la que le costaba ejercer de abogada, se hicieron padres por compromiso y durante años celebraron la ceremonia familiar con Asunta de protagonista. Pasado el tiempo, tras la felicidad con dependencia entre los abuelos y la niña, los dos ancianos fallecieron, uno detrás de otro, de forma sorprendente, llamativa y espectacular, con pocos meses de diferencia. Nada puede averiguarse sobre sus muertes, aunque hubo sospechas, porque ambos fueron incinerados. La costumbre familiar también logró que Asunta fuera incinerada, aunque sobre ella pesaba nada menos que el enigma de un crimen.

Entonces Charo resultó heredera universal, y, mientras, el matrimonio se había roto, no obstante lo cual Alfonso y Charo quedaron como buenos amigos, hasta el punto de que Basterra se trasladó a vivir a pocos metros de Porto. En esto, la niña empezó a tener mareos y a sufrir desorientación y somnolencia. Tenía un comportamiento que llamó la atención de sus profesoras. Es probable que fuera el momento en el que el matrimonio, tal y como señala la sentencia avalada por el Supremo, le suministraba el ansiolítico que acabó sirviendo para dejarla indefensa en la casa de verano, donde, otra vez según los hechos probados, la madre adoptiva la asfixió tras haberle suministrado fuertes dosis del medicamento. Es un crimen espeluznante en el que nadie se explica cómo los padres no habían tomado afecto a la chica, tras tantos años de convivencia. Pero hay pruebas de todo esto porque la dejaron sola, por lo que tuvo que pasar el último verano atendida por una antigua cuidadora, lejos de sus padres y sentimentalmente necesitada.

Los lectores se preguntan, sin embargo, no por la crueldad del crimen, que parecen asimilar, sino por el motivo. "Sí", se dicen, "pero ¿por qué la mataron?". Elemental, mi querido Watson: una vez desaparecidos los abuelos que la habían exigido, ya no la necesitaban. Ellos no la habían pedido, sino que se limitaron a complacer la petición de quienes pretendían una descendencia que por medios naturales la heredera no estaba en disposición de darles. Así que, una vez muertos los abuelos, Asunta Basterra se convirtió en un estorbo. Para la madre adoptiva, Charo, era una carga con la que apenas podía enfrentarse, llevaba mal la adolescencia de una niña lista y laboriosa. Para el padre, parece que representaba una obligación extra que pesaba demasiado. La fortuna estaba ya consolidada en manos de la esposa: casas, dinero y valores. Basterra pretendía seguir vinculado a la exmujer, pese a que la relación estaba rota, pero para eso no era necesaria Asunta; incluso podría ser un inconveniente, dado el difuso instinto maternal de Porto. De modo que decidieron, eso sí lo aclara la sentencia, un plan entre los dos para quitarla de en medio. De otra forma, fue lo mismo que con Viriato: había que matarlo porque estorbaba.

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