Dieciocho años después

Francisco Pérez Abellán

¿Cuál es el tiempo límite para resolver un crimen? ¿Está bien 18 años, sabiendo que los delitos de sangre prescriben a los veinte? ¿Hay alguien a quien le parece demasiado? Primero la enhorabuena a la Guardia Civil, por su tenacidad y competencia, por ser la que más ha avanzando en investigación criminal, aunque en España no se cultivan las escuelas de investigación, y como consecuencia se investiga dando palos de ciego. Ellos no tienen la culpa. La Guardia Civil tiene mucho mérito. Y personalmente me vuelvo a poner el tricornio. La resolución del misterioso asesinato de la joven Eva Blanco, de 16 años, ha sido un éxito brutal que solo debe atribuirse al empeño de los investigadores, desde Palacios y Rogero al capitán Valero.

Luego hay que hacer recuento de lo que ha ocurrido sin pelos en la lengua. Lo primero es que esto se lo debíamos a la familia Blanco, Olga y Manuel, los padres de Eva, en cuya casa he estado varias veces durante todo el calvario. Especialmente cuando trataban de impulsar la toma masiva de ADN en Algete, Madrid, cosa que un juez dijo que era una chorrada, por lo que tuvo que pedir perdón, y la juez encargada del caso no autorizó aquella iniciativa para la que la Guardia Civil había dispuesto, judicialmente en plan chorra, una inversión de cien millones de pesetas. Hay que decir que ya entonces se habían hecho cosas similares con éxito en Francia y Alemania, y que, como siempre, con el retraso que se lleva en España debido a la cortedad de nuestros políticos, la justicia tampoco ayudó. El ADN podría ya entonces haber resuelto el caso, puesto que al final ha sido el ADN lo que ha señalado al culpable.

Es el momento para pedir reflexión acerca de la creación de una escuela universitaria de investigación criminal. Los que ahora nos mandan no creo que estén en situación de hacerlo, pero hay elecciones generales a tres meses vista y es posible que alguno de los partidos que se presentan crea conveniente mejorar la formación de los investigadores no solo con experiencia sino con conocimientos reglados.

Y digo que la Guardia Civil se lo debía a la familia Blanco. La noche en que la niña desapareció no pasaban ni diez minutos de las doce, hora a la que debía haber llegado, cuando la madre ya estaba en el cuartel pidiendo que buscaran a su hija. Le dieron buenas palabras pero actuaron con la torpeza de la época diciendo que era normal que una adolescente se retrasara. Sin embargo, aquello era el pálpito de una madre que debería haber sido escuchado. Eran los tiempos en los que la autoridad aconsejaba esperar 48 horas antes de ponerse a buscar a los desaparecidos. Hay que decir que en eso se ha avanzado. Ahora, cuando se denuncia la desaparición de un menor la respuesta debe ser inmediata.

Los padres de Eva, alertados por la extraña ausencia de su hija, se pasaron toda la madrugada solos buscando por los parques, las calles y los servicios de urgencia. A las siete de la mañana del día siguiente volvieron al cuartel, donde ya les hicieron más caso. Horas más tarde un coche policial se paró junto a su casa: venían a comunicarles que habían encontrado el cadáver.

El siguiente palo de ciego fue cuando concluyeron que el agresor debía de ser alguien de su círculo íntimo. En una investigación criminal todos deben ser sospechosos. Aquí lo fueron todos. Incluso se señaló al padre porque no estaba en casa esa noche, aunque luego se descartó. Para los demás se basaban en que creyeron que las relaciones sexuales, que habían dejado fluidos en distintos puntos del cadáver, debieron ser consentidas, porque la pequeña tenía la ropa puesta como solía: la camiseta interior por debajo de las bragas, las zapatillas correctamente enlazadas. Ahora, dieciocho años más tarde, se dice sin rubor que la niña fue violada y que el agresor no era de su círculo íntimo. Tanto es así que nadie le pone cara al acusado capturado en Francia. El punto final de esa adaptación de las hipótesis policiales a la evolución de los acontecimientos fue cuando enviaron el ADN del depredador a la Universidad de Santiago, donde lograron extraer datos insólitos del perfil, lo que acotó el campo de los sospechosos.

El presunto autor de los hechos es un español de origen magrebí que vivía en Algete y que tiene un hermano en Cobeña. Las muestras de ADN le señalan. En el libro de la gran periodista Patricia López y el criminólogo Vicente Garrido Crímenes sin resolver (Ariel, 2014), donde mejor se cuentan los antecedentes de este hecho, se habla de que el arma del crimen fue una navaja de ocho centímetros como las que utilizan los albañiles. El presunto homicida era albañil. ¿Cómo logró que la joven subiera al coche? Tal vez lo confiese. Pero recordemos que si Eva ponía pegas llevaba una navaja.

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